Niño quemado durante apagón no cuenta con tratamiento en hospital de Guanare

Fuente: El Pitazo

Cristian Alexander Garrido García es un niño campesino de 5 años. Este jueves 28 de marzo se quemó luego de que sus padres, Pedro Garrido y Milagros García, intentaran contrarrestar el apagón eléctrico encendiendo una lámpara casera (mechero) a gasoil.

El hecho ocurrió en el caserío Monte Ralo del municipio Guanarito, al sur del estado Portuguesa. Cristian asomó su rostro justo al momento en que su mamá recargaba el artefacto para avivar la mecha, que se apagaba y no permitía claridad para bañarlo. Las llamas lo alcanzaron en la cara y , al intentar cubrirse con las manos, estas también resultaron quemadas, comentó su tía.

Las quemaduras fueron de consideración, le informaron los médicos de guardia del hospital Arnoldo Gabaldón de Guanarito , donde fue ingresado Cristian junto a su hermanito menor, que también fue alcanzado por las llamas, aunque en menos proporción. A este último se le quemó una oreja y parte de un hombro.

Desde el 29 de marzo, fecha en que Cristian entró al Miguel Oráa, no ha recibido ninguna terapia. Sus padres no tienen dinero para comprar los antibióticos, las cremas, las soluciones ni las gasas para las curas.

Cristian llora y se queja en la camilla. Aparte de los medicamentos, le falta asepsia, aire acondicionado, mosquitero y un ambiente ventilado.

El hospital de Guanare tiene clausurada la unidad de quemados para niños desde 2017, cuando fue cerrada por contaminación el ala A del Piso 2 de hospitalizacion pediátrica .

La Corporación Eléctrica Nacional, durante la gestión del Ministro de Energía, Jessy Chacón, donó como parte de su programa de responsabilidad social una unidad de caumatología que funcionaría en conjunto con la también remozada unidad de medicina física y rehabilitación. Todo un moderno complejo adelantado bajo la conducción del médico Misael Abreu, suegro, para ese entonces, del Ministro Chacón.

Paradójicamente, la unidad de caumatología, que debía servirle hoy a Cristian para sanar las quemaduras que sufre a consecuencias del apagón eléctrico, está cerrada. Fue inaugurada y equipada, pero jamás puesta a funcionar.

Ni la terapia para quemados ni el ambiente del área de hospitalización existen para Cristian. Pedro, su padre, logró vender una de sus vacas para comprar las medicinas, pero el apagón no ha permitido que el comprador de la res haga la transferencia.

Por exigencias de Pedro, Érika Artigas, la directora del Humo, ha “movido su humanidad”. Ha ordenado a la médica de guardia que saque a Cristian del “calorón y el mosquero de pediatría” y lo recluya en un cubículo para infantes aislados, al lado del módulo de enfermería. Pero eso sí, debió llevar cloro, vinagre, agua, balde y mopa propios para asear la habitación. El hospital no tiene agua ni cuenta con enseres ni materiales de limpieza.

Es domingo 31 de marzo y Artigas, como para calmar los reclamos del papá de Cristian, que ha encarado a la directora del hospital, en conocimiento de sus derechos y presto a denunciar la violación de los derechos del niño, también ha ordenado elaborarle el informe médico al niño. Con este, podrá acudir al CDI del barrio Bello Monte para que le entreguen los antibióticos y la crema para quemaduras.

La orden de la directora se estrelló contra la pared. La médica de guardia pidió “un chance”, que duró cinco horas, y una hoja de papel para proceder. Pedro se presentó con una hoja a rayas. No. Si no es blanca, aunque sea de reciclaje, no sirve, exigió.

En el CDI, la orden de Artigas vuelve a deshacerse. La enfermera le dijo a Pedro que “antibióticos no hay”, gentamicina oftalmica tampoco. “Una porción mínima de crema le podemos dar, pero que traiga el pote, uno tipo recolector de orina”.

Pedro, que es forastero en Guanare, salió cabizbajo y triste del CDI. A tres días de la hospitalización de su hijo, Cristian sigue sin tratamiento. No consigue transporte ni dinero.

Su gestión en el CDI se redujo a llenar con agua, con un filtro, una botella de plástico. Cristian tenía sed y, desde la mañana, no había logrado comprarle ni una botellita. No hay puntos de venta ni tiene dinero en efectivo.

Entre Bello Monte y el Miguel Oráa median unos cuatro kilómetros. Suficientes como para que Pedro llore su tristeza.

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