+FOTOS | Muerte de tres niños waraos refleja la orfandad de los indígenas en Bolívar

Fuente: Correo del Caroní

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La muerte de tres niños de la etnia warao durante los dos primeros meses de 2020 en la comunidad de Cambalache, Ciudad Guayana, convocó esta semana a la sociedad civil a denunciar estos hechos y a conseguir ayuda para frenar el aumento de los casos mortales de desnutrición en ese sector rural del estado Bolívar.

La historia de Alejandra Flores, adolescente de 17 años, es uno de estos lamentables casos ocurridos en la barriada y que describe con detalles el portal digital del Correo del Caroní en un extenso reportaje.

A ella le tocaba quedarse sola en su casa mientras su marido buscaba la forma de conseguir alimento.  “Llegaba pero no traía nada”, relató mientras se le quebraba la voz. “A veces conseguía 100 bolos para comer y a veces fiábamos pan o harina”.

Cuando su hijo Alejandro de nueve meses enfermó intentó llevarlo a un centro de salud, pero fue en vano: en el módulo tipo II José María Vargas no pudieron auxiliarla.

“Uno va para el módulo y ahí no le dan nada a uno, solo la receta. Como no tenemos nada para comprar medicamentos uno se queda en la casa, con la receta en la mano”, interrumpió la prima de Alejandra, Isbelis Jaramillo.

El infante pasó 4 días sin comer antes de morir el 3 de febrero. Tenía el estómago hinchado, sufría de diarrea y una fiebre incesante. “Yo no tenía nada para comprar remedios para él, él lloraba y yo me asusté, yo no tenía ni remedio ni rial, mi tía no tenía rial tampoco”, dijo consternada la joven madre.

En su casa solo había tres arepas de harina de trigo, que deben rendir para varios días, y una taza a medio llenar de Fructus, una bebida instantánea. “Tendremos que esperar hasta mañana, o quitar prestado para poder comer”, respondió al preguntársele si aquella sería la única comida que consumirían ese día.

La prima Isbelis comentó que a menudo los niños de la comunidad se enferman de gripe o les da fiebre. “El mío tiene fiebre”, afirmó señalando a Junior Flores, su bebé de 4 años y el segundo de tres hermanos. “Cuando consigo le doy harina, ya en la tarde no comemos nada”.

Sin poder amamantar

José Náez era abuelo de Wilfredo, otro de los tres menores fallecidos en 2020. Su nieto, asegura, murió con cuadro de vómitos y diarrea. Según José, la madre no producía suficiente leche para amamantarlo, por lo que optaba por alimentarlo con crema de arroz preparada con agua del río.


Todavía en el patio cuelgan los mecates del chinchorro donde dormía Wilfredo todas las noches. En los alrededores juegan otros 10 niños, de los cuales siete son de Norma Náez, tía del pequeño.

Hace unos meses uno de sus hijos también pasó por lo mismo: a ambos se les intentó curar con fregosa y conchas de guayaba, pero a Wilfredo le salieron unas llagas en la boca y murió.

Wilfredo nació el 8 de julio y no pudo terminar de cumplir los seis meses. La madre intentó que fuera atendido en el módulo de salud pero la respuesta fue negativa: “Aquí no hay medicinas, tiene que salir a comprar”, contó Norma que le indicaron en el hospital.

El padre de Wilfredo, Wilmer Náez, no pudo ni siquiera despedirse de su hijo. Tiene tres meses detenido en un comando de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), desde que estaba pescando en las inmediaciones de las empresas básicas.

Según sus familiares, fue llamado por los funcionarios de seguridad y al acercarse a la orilla lo acusaron de robarse unos teléfonos y lo apresaron.

Sin registro gubernamental

El tercer niño murió a mediados de enero y tenía dos meses de edad. Aún no había sido presentado ni tenía nombre. Era hijo de Carmen Vería, quien llegó a Cambalache a finales de 2019 para establecerse luego de salir de los caños en el Delta del Orinoco. El niño murió y no había sido presentado en el Registro Civil.

Venancio Narváez, cacique warao de la comunidad, reclamó la falta de personal médico en el módulo. “Muchos indígenas se han muerto sin poder salir para ninguna parte”, aseguró.

En Cambalache, como en otras comunidades aledañas de Puerto Ordaz, los pasajeros pueden pasar hasta más de dos horas esperando transporte, el cual para muchas personas pueden ser un gasto incosteable y, en ocasiones, del cual depende la vida.

Vecinos aseguran que en la comunidad rural no se han hecho los operativos para sacar la partida de nacimiento de los niños, además de que a los muertos no se les realiza acta de defunción.

Los tres niños fallecidos esta vez fueron enterrados en urnas de madera hechas por los residentes. “El año pasado no teníamos para conseguir la urna y lo envolvimos con un poco de trapos y lo enterramos”, manifestó Narváez.

Comunidad de nadie

Asunción Castillo, otro warao de la zona, denunció que hace años no les llega el suministro de agua potable. El cúmulo de enfermedades por el consumo de agua sin la potabilización debida es recurrente, pero la falta de medicamentos y equipo personal especializado también ha sido determinante.

Olivia Flores, tía del niño Alejandro, considera que las pocas oportunidades de trabajo agravaron la situación de su sobrino: “No comía nada, pasó todo el día sin comer”. Sumado a eso denuncia que organismos estatales tan solo llegan anotando problemáticas que luego no son resueltas. Para ella ya son muchas visitas con promesas que no han sido cumplidas.

Sin nada que hacer

Cambalache es conocida en el último año debido al aumento del tráfico de gasolina por los ríos hacia las zonas mineras.

En las últimas dos semanas, la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim) y la GNB cortaron el suministro de combustible desde este sector, la única entrada de dinero que les quedaba a los warao luego del cierre del relleno sanitario.

Los tambores para la gasolina ahora están acostados en varias de las chozas cercanas al río.

“No hay trabajo, no hay nada, no hay que hacer nada ya”, lamentó Olivia. “Nos quitaron el poquito de trabajo que teníamos… nosotros llenábamos un tambor y con eso uno mantenía los carajitos de uno, pero ahora peor”, dijo otro indígena de apellido Díaz al reclamar que al haber quedado sin fuentes de ingresos los entes gubernamentales debieron aplicar otro tipo de solución para generar trabajo.

Castillo manifestó que cuando niño habitaba en las cuencas del Orinoco en Delta Amacuro y hasta regalaba lo que sembraba. Ahorita por lo dura de la tierra y la falta de instrumentos no puede conseguir los alimentos para su familia. Ni a la pesca se han podido dedicar por lo costoso de los implementos. Exige el aporte de curiaras y demás equipos para trabajar en el río: “Con un tren tenemos para agarrar pal sancocho”, aseguró indignado.

Narváez reclamó que no cuentan con ayuda ni del alcalde Tito Oviedo, ni del gobernador de Bolívar. “¿Con qué vamos a trabajar?”, exclamó indignado.

De mal en peor

De acuerdo con Provea en su informe preliminar de 2019, la situación social de los indígenas empeoró.

“El 2018 se caracterizó por el recrudecimiento de las afectaciones consecuencia de la crisis humanitaria compleja sobre todo en salud y alimentación, aumentando de manera exponencial la migración forzosa en varios pueblos indígenas, la incorporación por sobrevivencia a labores riesgosas de contrabando, la minería ilegal en mayor escala, la deserción de la labor educativa y el sometimiento a condiciones de explotación laboral”, señala el documento.

Amnistía Internacional ha catalogado de catástrofe la situación de las etnias indígenas. Al menos, en el caso de la muerte de estos tres niños, tan solo queda el dolor de sus familias. Para el Estado venezolano no existen ya que ni siquiera son una cifra, al no quedar legalmente registradas.

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