Historias Paralelas: Armada Venezolana de imponer bloqueo en 1962 a romperlo en 2.020

0

Historias Paralelas: Armada Venezolana de imponer bloqueo en 1962 a romperlo en 2.020 Por: Antonio González Abad

Una inusualmente fría madrugada de octubre de 1.962 –al menos para lo que se acostumbra en este lado del mundo- zarpan desde Puerto Cabello, con sus bodegas repletas de municiones y combustible, los destructores “Nueva Esparta” y “Zulia”, además del submarino “Carite”, llevando rumbo a la todavía británica Grenada…

Mas de quinientos hombres provenientes de todos los rincones del país, se alistaban para las tareas de navegación: quitaban cerrojos, comprobaban equipos y enfilaban sus barcos a la que sería la penúltima expedición de combate de navíos de la República (hasta el incidente del Caldas) y quizás la única que tendría como escenario aguas internacionales.

La presidencia venezolana estaba en manos de Rómulo Betancourt, y desde su llegada al poder en 1.959, se había visto en el trance de tener que despachar al aún inexperto dictador cubano Fidel Castro (que vino personalmente a Caracas urdiendo cómo parasitar las riquezas petroleras) con la audaz recomendación de no caer bajo la esfera de la URSS y, créase o no, celebrar elecciones lo antes posible. A partir de esa entrevista el encono entre ambos líderes solo aumentaría, hasta llegar al punto de ruptura diplomática y la solicitud hecha por el venezolano de expulsar a Cuba de la OEA.

Entre los tripulantes embarcados en nuestra pequeña escuadra, muy pocos entenderían que aquellos antecedentes debían constituir la causa de la aventura que protagonizaban; pero todos estaban al tanto que escasos días atrás se había destapado un conflicto en el norte del Caribe entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, un hecho ocurrido por el emplazamiento de misiles tácticos R-6 en la isla de Cuba a cargo de los eslavos.

El afamado incidente de la “Crisis de los misiles en Cuba” (llamado, como si de ofrecer otra versión se tratara la guerra, la “Crisis del Caribe” por Moscú y “Crisis de octubre” por La Habana), desencadenó una respuesta inesperada para Nikita Jrushchov –el premier soviético- quien nunca imaginó que los americanos tomaran aquel armamento como casus belli y no supo medir la velocidad con la que su colega Kennedy podía coordinar una respuesta, no solo con sus fuerzas armadas, sino echando mano de sus aliados de la OEA y de la OTAN.

De vuelta a aguas venezolanas, los capitanes Luis Ramírez, Benatuil Guastini y Armando Pérez, repasaban sus órdenes; el propósito era claro, al menos para los buques de superficie: interceptar y abordar para inspección cualquier embarcación con destino a Cuba que tratara de evadir la “cuarentena” impuesta por los EEUU, en el corredor que va desde Venezuela hasta Grenada, verificando de paso, la posible presencia de naves de guerra soviéticas en la zona… mas al norte, con idénticas órdenes, la asignación de patrullaje se repartía entre los demás componentes de la recién conformada Fuerza de Tareas 137 (bajo mandato de la OEA), que contaba con embarcaciones argentinas, dominicanas y colombianas (además de las de EEUU).

Para fortuna del mundo la Crisis se zanjó en negociaciones directas de las superpotencias, los navíos venezolanos retornaron a puerto en noviembre sin hacer un solo disparo y apenas se produjo el abordaje de un carguero libanés (por un destructor norteamericano) que se dirigía a Cuba. La historia, dada la excepcional tradición de paz de nuestra Armada, quedó grabada profundamente en la memoria de aquellos marineros (y quizás en la de nadie mas), pues aquella fue la rara ocasión en que el pabellón criollo ondeaba en actitud de cazador atravesando el mar Caribe.

De cazadores a presas

Retornando al presente, seis meses –al menos- han pasado desde que inició el traslado de un cargamento de gasolina valorada en 14.9 millones de dólares, desde Irán a Venezuela. Desde aquel 3 de enero de 2020 (fecha en la cual el combustible cruzaba el angosto Golfo Pérsico a un puerto intermedio ubicado en los Emiratos Árabes Unidos), un oscuro individuo llamado Mahmoud Madanipour ha tratado por todos los medios lograr que la carga llegue a destino.

La explicación de la dificultad del envío se dibuja fácilmente por las sanciones que el gobierno de los EEUU ha impuesto, por partida doble, tanto al régimen de los ayatolas como a sus socios chavistas; pero mucho antes de la llegada -con bombos y platillos- de cinco barcos con bandera iraní cargados de gasolina, los sancionados trataban de mover carburante sin que se activaran los radares americanos.

El farragoso esquema utilizado –según se detalla en una solicitud de incautación hecha por el Departamento de Justicia de los EEUU- pasaba por facturar a compañías intermediarias, el uso de tanqueros registrados en Liberia y el trasiego de combustible en altamar entre buques… y, sin embargo, nunca llegó una gota de esa gasolina a un puerto venezolano.

¿La razón?, por una parte en abril se anunció un despliegue naval considerable por parte de los EEUU en aguas del Caribe, con el propósito nominal de bloquear los envíos de drogas desde Sudamérica, pero en este ambiente de sanciones, se debieron encender las alertas en las mentes de los armadores que transportaban el combustible. De hecho, ante la posición dubitativa de los tanqueros, uno de los cómplices de Madanipour ofreció “comprar” las embarcaciones a sus dueños, de modo de proseguir con el envío, con tal de alimentar los depósitos vacíos de Maduro.

¿Cuáles son los límites de la orden de incautación emitida en los EEUU?

Un universo de distancia separa a la pujante y esperanzada República de Betancourt de esta inexplicable entelequia bananera de Maduro, un espacio de tiempo en el que pasamos de ser garantes de la legalidad en la región a una suerte de fugitivos que se esconden tras compañías fantasma para poder importar algo tan sencillo como gasolina. Lamentaciones aparte de nuestro devenir histórico, queda una pregunta simple en el aire: ¿puede una nave armada abordar un buque extranjero en aguas internacionales sin mediar una declaración de guerra?

De manera genérica se puede afirmar que si, tal conducta era posible en 1962 y lo sigue siendo en 2020; distintos convenios internacionales rigen la materia y, sin pretender ser exhaustivo se puede resumir lo siguiente:

  1. Por razones que van desde el tráfico de estupefacientes, de armas y trata de seres humanos hasta terrorismo (como sostiene el Departamento de Justicia a objeto de fundamentar la incautación del combustible iraní) o piratería, barcos de guerra pueden intervenir y proceder al abordaje de transportes civiles.
  2. El capitán que tiene sospecha de la carga se debe dirigir al representante de la nación que abandera el buque (en este caso Liberia, que mantiene relaciones muy fluidas con los EEUU), explicar la razón de su sospecha y obtener la autorización para proceder al abordaje e inspeccionar el buque.

Al día de hoy el Pandi, Bella, Bering y Luna flotan a la deriva con 1,1 millones de barriles de gasolina que iban destinados a Venezuela, con sus sistemas de rastreo satelital apagados y en lugares (los últimos reportados) tan distintos como el mar de las Filipinas, el mar Arábigo o el mar Egeo, a la espera de no cruzar la línea de avistamiento de la flota norteamericana; ignorando probablemente sus capitanes que el país dueño de aquellos puertos en los que debían descargar, alguna vez protagonizó misiones de búsqueda sobre cargas destinadas a otra nación en cuarentena.

También podría gustarte

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Este sitio web utiliza cookies para mejorar su experiencia We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. Aceptar Lee mas