#Especial | Cómo se ha vivido el covid-19 en Distrito Capital

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TalCual y varios medios del interior se unieron para ofrecer una visión amplia de cómo se ha vivido la pandemia en distintas regiones del país. En esta entrega les ofrecemos la situación en el Distrito Capital, donde la batalla la está ganando el covid-19

María de los Ángeles Graterol y Valentina Rodríguez


Más de 14.900 casos de covid-19 sumaba el Distrito Capital el 11 de septiembre. Desde el 16 de marzo, cuando entró en cuarentena, figura entre las principales regiones que lideran las cifras de contagios. No ha pasado de la cuarentena radical extrema, radical a secas o de la «flexibilización parcial y vigilada». En este terruño de 433 km², de un municipio (Libertador) y 22 parroquias, asiento del gobierno central y los poderes públicos nacionales, el virus está ganando la guerra, ha sabido colarse sin mucho esfuerzo. En julio les mostró que los había burlado. El virus se había colado antes.

Los cuatro hospitales centinela de Distrito Capital -El Algodonal, Lídice, Infantil de Coche y Universitario de Caracas, a los que llegaron tarde y pocos los insumos– no fueron suficientes. Todos los hospitales no fueron suficientes. A finales de julio tuvieron que habilitar el Parque Naciones Unidas (complejo deportivo), tomar más una decena de hoteles de la capital, desalojar a los estudiantes de las residencias universitarias Livia Governeur (antes edificio Los Andes) y el Poliedro de Caracas como centros hospitalarios exclusivos para pacientes contagiados de coronavirus, con “síntomas leves”.

Un mes más tarde de la metamorfosis del Poliedro, dirigentes comunales del PSUV, junto con la Policía Nacional Bolivariana (PNB) tomaron una casa ubicada en la Alta Florida, municipio Libertador, con la finalidad de adaptar estos espacios para transformarlos en un centro de salud improvisado, en el que atienden a pacientes de covid-19, pero las tantas clínicas y centros habilitados no les fue suficiente.

*Lea también: Cómo se ha vivido el covid-19 en: Anzoátegui, Bolívar, Táchira y Yaracuy

Distrito Capital fue la primera entidad que se quedó sin su máxima autoridad a causa de la pandemia, el 13 de agosto, cuando sumaba 7.695 positivos, falleció a causa de la covid-19 Darío Vivas, jefe de Gobierno, dirigente del Partido Socialista Unido de Venezuela y figura emblemática de la revolución.

Sus «camaradas» pretendieron honrarlo paseando su cuerpo por las calles de Caracas, sin estimar que violarían algunos de los protocolos para evitar la propagación del virus. Por fortuna prevaleció la sensatez de los familiares, quienes se negaron al “homenaje”. El gesto de los revolucionarios hace resonancia con la forma en cómo asumieron y han permitido a un grupo de habitantes de Distrito Capital aplicar las medidas para la propagación del virus.

En los barrios de Caracas baila el coronavirus

La gente de Catia, Caricuao, El Valle y la Cota 905  son como Fiona, la esposa de Shrek: de día son unos y de noche son otros. En el día usan tapabocas y las autoridades «vigilan» el distanciamiento social, pero una vez cae el sol, no hay pandemia ni funcionario que impida la rumba.

En las fiestas le dan pase libre al covid-19, así como se lo dio Jorge Luis García Carneiro en Naiguatá. Creyó que poniendo puntos de desinfección en las calle del pueblo el virus iba a desaparecer, pero ni en sueño. El virus bailó al ritmo de los tambores y deambuló entre el centenar de personas que celebró el día de San Juan a mediados de junio.

Muchos se quejaron cuando supieron de todas esas fiestas,  quien debió mantener el orden no lo hizo. Y es que en medio de la pandemia no han acabado las matracas, sino que se han transformado.  Tener el negocio abierto hasta horas después de las que el gobierno lo permite, o caminar luego de las 2:00 de la tarde sin constancia de trabajo o carnet y no terminar en «la perrera» son «privilegios» de los que gozan sólo aquellos que le dan su tajada a los policías de Catia y demás zonas populares de Caracas. Sus habitantes lo viven todos los días.

«Señora, por favor, proceda a retirarse a su vivienda,» ordenó por el megáfono una policía a Yamilet cuando caminaba con paso apurado por una calle de Catia a las 7 de la noche, cuando ya ni los grillos quieren salir porque en las últimas dos semanas el malandraje ha estado más desatado que el covid-19.

–Una sale con miedo, mi reina. Para comprar pan hay que hacer maromas, como si estuvieras vendiendo droga. Hay que diseñar un plan de escape de la casa para llegar a la panadería. ‘Te espera en la puerta una catira con un jean y una camisa roja. Caminas con ella hasta el portón negro, pasas rapidito todo el pasillo y ahí te entrego las canillas’.

Eso hay que hacerlo no más porque al frente está un módulo de la policía que, según dicen las señoras del barrio, sólo sirve para alojar mujeres de la mala vida. Cuando de verdad se necesitan no aparecen. Llamas, repica, esperas…1,2,3 nadie atiende. Lo haces de nuevo, 1,2, contestan:

–Ajá

–Mira, aquí en el bloque tres hay una gente con una fiesta armada donde la flaca. Están en la placita. Tienen unas gaveras de cerveza y un carro con las cornetas a todo volumen. ¿Será que pueden venir a llamarles la atención? Queremos dormir, pana.

–…

–Te dejan hablando solo.

Ya no son las 7. Son las 10 de la noche y ni cinco minutos habían pasado desde que hicieron la llamada cuando de pronto se escuchó una ráfaga de tiros y en seguida la respuesta. Pero eso tampoco espantó a las mujeres que estaban bailando salsa cabilla, bien trancada, sin salirse del cuadro imaginario y puliendo el piso del estacionamiento del edificio. Mientras ellas exhibían los tapabocas tipo bufanda con su bebida espirituosa en la mano, sus niñitos jugaban a mitad de la calle a medianoche.

“Nosotros no le hacemos daño a nadie. Estamos tomando tranquilos”, decía una nota de voz que envió una mujer, pasada de tragos, al grupo de WhatsApp del condominio cuando desde una ventana de los pisos de arriba la mandaron a callar.

Ahí se celebra como si no hubiera más de 1.000 casos de coronavirus, la cantidad de contagios acumulados en la parroquia Sucre hasta el último día del agosto. Pero lo más cumbre es que las fiestas no son solo los fines de semana. En Catia se vive en una rumba eterna que comenzó desde el primer día que se decretó confinamiento en el país.

Cuando a finales de mayo dijeron que iba a comenzar la «flexibilización segura» y que los más chamos podían a salir a jugar, las canchas se llenaron en un dos por tres. Iban por grupitos. La emoción y la euforia de volver a tener un partido con los de la cuadra los hacía olvidar que había virus y que los policías merodeaban la zona. A un sobrino de Yamilet, un morenito, bien simpático, de esos que visten shortcito y franelita del Barca, cabello chicha y con pinta de quinceañero, lo metieron preso por un día.

La tía tuvo que ir desde Ruperto Lugo, donde viven, a una comisaría de El Amparo, un barrio de Propatria, porque andaba en la cancha después de las dos de la tarde.

–Es como un toque de queda no oficial, pero si te bajas de la mula, te vuelves gasparín. La policía ni te ve.

Apenas llegó le dijeron que las señoras del consejo comunal los habían llamado. A todos los montaron en la perrera y los mandaron directo para una celda con los presos comunes. Les pegaron la manguera con hipoclorito y ese fue «el castigo».

–Ah, pero cuando hay fiesta ni se aparecen, o cuando uno los llama para que venga a prestar apoyo porque hay gente rara en la comunidad. Aquí los policías hacen lo que les conviene. A los buhoneros del mercado le cobran vacuna para que puedan vender, a los carajitos sanos los meten presos y a los que andan contagiando en los matinés esos no les hacen ni coquito.

Sin agua y con los mercados abarrotados

La cuenta en Twitter de la Alcaldía de Caracas está suspendida. La última publicación en su Facebook es de la primera semana de abril y en Instagram no hay mayor información sobre cómo va la pandemia de covid-19 en la ciudad, ni sobre cuál es la realidad de los caraqueños. La alcaldesa de municipio Libertador, Érika Faría, sólo trina llamados al cumplimiento de «las medidas de bioseguridad», festejos por el recibimiento de médicos cubanos y su satisfacción por los supuestos recuperados. No da cifras de contagio, ni de cómo están los recintos sanitarios, ni de los hoteles que tomaron para albergar retornados y luego a contagiados, ni de las fallas de los servicios públicos en la parcela que comanda. En Distrito Capital los más afortunados reciben dos días de agua por tubería, recurso indispensable para atacar el virus.

De acuerdo con el Colegio de Enfermeras de Caracas el 60% de los hospitales no tiene agua, no cuentan con equipos de protección temporal (EPP) y la directiva de los centros de salud obliga al personal sanitario y a usar hasta por dos semanas el mismo tapabocas.

Agua

Mientras tanto, a mediados de julio, en El Valle, para frenar la propagación del virus, colocaron barreras plásticas y movieron placas de concreto para cerrar el paso en las principales vías y así aislar a la comunidad. Crearon el Estado Mayor de Caracas “para el control del brote de covid-19 en la ciudad capital”, aseguró la vicepresidenta de Maduro. Nueve días más tarde, y luego de cuatro meses de cuarentena llegaron las restricciones a los 13 mercados municipales del DC, esos en donde no hubo distanciamiento social, ni restricciones; donde la economía informal –principal empleador y fuente de ingresos en la entidad– ha podido paliar el hambre durante la pandemia.

Coche no es un hervidero de covid, es el que mata el hambre

El cielo está nublado y el piso encharcado, los pedazos de cebolla podrida  y tomate arrugado que todo el mundo pisa ya hieden. Una caballeriza estaría más limpia que el piso del mercado de Coche, pero todos caminan pegao, codo con codo, que se sienta el calor, porque el frío de septiembre ya cala los huesos y el miedo de pasar hambre también. Ahí el coronavirus es un mito.

Los malos olores abundan, pero es mejor aguantarse eso que escuchar el ruido ensordecedor de las tripas de tus hijos cuando no hay nada que comer. Nadie quiere que su familia encabece la lista de los hogares venezolanos que viven en inseguridad alimentaria.

–Pasé roncha, y sigo pasando roncha, pero si me pongo a estar pendiente del virus no voy a vender nada y mis hijos se van a morir de hambre.

Los que lo conocen cuentan que antes tenía carnita. Ahora «parece llevado por la piedra», pero es falta de papa. Cheo, como lo llaman sus amigos, deja a sus tres hijos solos en la casa mientras él y su esposa, de miércoles a lunes, se quedan en el mercado de Coche vendiendo tequeños.

–No siempre he vendido tequeños, y no es lo que voy a hacer el resto de mi vida, pero es mi resuelve.

Él es parte de la población que trabaja en el sector informal en Venezuela. Ganarse el plato de comida es la lucha constante que intenta ganar, aunque no siempre salga airoso. El cliché de «vive en el hoy y no el mañana» es su religión. Su preocupación diaria no es si se le va a pegar el covid-19 o no, es llevarle comida a su niña de dos años, al del medio de cuatro y al «negro», el chamo de 12 que, en una casa de La Cortada del Guayabo, cuida a sus hermanos por las noches cuando él y su mujer están trabajando.

El sol sale y las llamadas para ver cómo amanecieron sus hijos también. La señal es mala, pero si tiene suerte habla con ellos unas cuantas veces al día. Cheo madruga y el  virus va a la par. No de a gratis hay 522 casos de coronavirus en Coche, pero pareciera que la pandemia es ficción.

¿Qué es Coche? No, no es un hervidero, ni un foco de contagio de covid-19, es el que le mata el hambre al que se quedó sin trabajo en marzo, pero igual tiene que mantener a su familia. Entonces, pasan los días, y sientes que los vendedores ambulantes se reproducen cual conejo. Hay que seguir.

–A estos sitios es que viene la clase de gente que está sobreviviendo, ellos se mueven. Van a vender cualquier vaina con tal de generar su propio billete. Eso sí, cuando los policías se arrechan te tienes que ir. Caminas, con el de abajo apretao’ y rápido sin ver pa’ atrás. A veces les da por quitarte la mercancía. Te quitan el fructus, las cajas de cigarro y te quedas sin nada. Quitaste prestado para empezar y perdiste. Ni pagas la deuda, ni comes, ni un coño.

Por órdenes del gobierno de Nicolás Maduro los mercados municipales de la capital cambiaron su horario de trabajo. Sólo se vende de jueves a domingo. Pero no hay día de la semana en que no haya gente buscando retazos de comida a las afueras de las carnicerías y fruterías. Blanquito, gordito, o viejito. Pelo malo, bien vestido o indigente. Todos terminan buscando comida hasta en las bolsas de la basura para después pasarle el trapito sucio, quitarle la tierrita y comérselo, o venderlo al que tiene menos que los que ya van a comprar a ese mercado.

–Lo mejor que me ha pasado este año en medio de esta crisis es trabajar en Coche.

Mercado Mayorista de Coche

En Distrito Capital a tres semanas de la primera cuarentena las calles mostraban cómo las medidas de cierre de comercios no prioritarios y de distancia social comenzaron a relajarse poco a poco. Las medidas que recomendaron las autoridades locales y nacionales se cumplía en pocos sitios, aun cuando su jefe de Gobierno salió varias veces, megáfono en mano, a reiterarlas ante una audiencia que al parecer le paró muy poco, que ya poco les creen y que lleva más de tres años sorteando una hiperinflación nunca antes vivida, una crisis de los servicios públicos y disminución de la calidad de vida tan feroz como el virus.

En Distrito Capital el covid-19 está ganando la guerra. Se le fue de las manos a los revolucionarios, así tantas otras cosas.



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