Desconfiar también es creer

El amor es como Don Quijote: cuando recobra el juicio es para morir“. Jacinto Benavente

Trato de reconocer el sentimiento que más nos caracteriza, en este hoyo, en este averno obscuro en el que por desgracia vivimos los venezolanos, lanzados por nuestras propias falencias. Tal vez me equivoque, pero ante una larguísima mención creo que la desconfianza prevalece.

Nadie vino a meternos ahí, aunque luego llegaron como garimpeiros los chinos, los rusos, los iraníes, los árabes endógenos y exógenos y las estrellas de la chulería, los castrocubanos. Fuimos víctimas de las taras históricas y especialmente del militarismo, del discurso populista y demagógico del difunto que encantó y enamoró a muchos; de las oligarquías de los dueños de los medios de comunicación que defendían el uso de todas las verdades y terminaron siendo ellos estafados por los excesos que se convirtieron en mentiras.

Luego el igualitarismo, otra lacra más que no hay que desestimar, en poco tiempo reunió a una legión de trapaceros, arribistas, alabarderos, avispados pero inescrupulosos que desfachatadamente se articularon para sacarle la sangre al país. Nótese que vinieron de la más variada extracción social y basta revisar los nombres de la lista de bolichicos y testaferros para constatarlo.

Otro tanto podríamos citar de los productos humanos de las universidades que no han vacilado en traicionarlas. Siempre hubo desde rectores que fueron luego vergonzosos en su comportamiento, pero la UCV, ULA, LUZ, se podrían arrepentir de haber formado y graduado a quienes las han maculado, impertérritos.

Se hicieron pingües fortunas a nuestro alrededor porque en el fondo, en mayor o menor medida, somos todos lodos del mismo polvo y porque el mundo, el de todos, anda mutando y profundamente, llevándose no sé adónde, los valores ciudadanos, familiares, humanísticos y en general del espíritu.

Eso no significa que no haya en contraste destacado, en este mismo período, un grupo de hombres y mujeres de respeto. Hemos visto pasar a los zafios, pero también a los que por su desempeño llamaré virtuosos. Felizmente ha sido así.

Estamos entonces y a todo evento encarándonos como compatriotas, pero sin empatía. Ni de un lado ni del otro se observa disposición. Y ello le está haciendo todavía más daño al país que pudiera gestionar en medio de las distancias algunos asuntos que urge abordar en conjunto.

Serían muchas las materias para enumerarlas o enunciarlas, pero mencionaré dos por considerarlas estratégicas, si bien otras también lo son. Me refiero a la impostergable necesidad de conseguir y masificar la vacunación ante el covid-19. ¿Qué puede ser más importante y más obligante?

Otra sería poner a los mejores a atender el contencioso que se sigue ante la CIJ sobre nuestra reclamación del territorio del Esequibo. Por elemental apego a la verdad y patriotismo, debe ponerse eso en las manos de los juristas e internacionalistas que manejan desde siempre el caso y no están del lado del oficialismo los susodichos. Sería traición no hacerlo.

Pero quiero en este artículo advertir que la desconfianza ha tomado una dimensión inusitada entre los venezolanos y el asunto no es nuevo. Hace algunos años, en un estudio que se hizo en algunas barriadas de Caracas, la gente de la iglesia descubrió que entre vecinos se obviaba en las tertulias, espontáneas o no, el tema político, precisamente por temor a represalias o para no dejar ver que la opinión allí vertida podría ser luego aducida como signo de difidencia. Pero eso era precisamente lo que subyacía.

De ser una sociedad abierta, solidaria, fraternal, acaso de relaciones agonales, derivamos en antinómicos. Carl Schmitt lo explicó muy bien; nos trocamos como amigos y enemigos. El mítico Chávez trajo ese avío para su tránsito estelar y lo sembró por doquier, como parte de su pernicioso legado y sus epígonos, siguen la doctrina “a pie juntillas.”

Todos esos rasgos, sin embargo, deben ser evaluados, ponderados, analizados pero no aceptados como permanentes. En efecto, es menester decir, repetir, reiterar que, la razón no los impregna y que hay que corregir ese extravío.

A pesar de que la guerra de independencia conoció mucho de racismo y complejos de ricos y pobres, Venezuela no albergó odios de masas duraderos. Las beligerancias y montoneras, e incluidas la de la federación, hicieron daño pero se fueron superando y restañándose las heridas por el paso del tiempo o porque no se cultivaron rencores añejos.

Las guerras civiles, menciona Giorgio Agamben en uno de esos sesudos trabajos que nos ofrece el talentoso italiano y siguiendo precisamente a Platón, no deben ser asumidas como definitivas e irreconciliables entre los pueblos que son naciones y la tradición de los griegos brinda esa moraleja, si podemos llamarla así. Esa fue una experiencia histórica a no obviar. (Agamben Giorgio. Stasis. La guerra civil como paradigma político (2017).

Los pueblos al concluir las hostilidades vuelven a ser nación y a compartir un destino común, como diría Ortega y Gasset. Pero Agamben también ubica en los años setenta del siglo pasado el inicio de la despolitización que se ha ampliado y provocado ese otro escenario que él denomina la guerra civil mundial.

Volviendo a Venezuela, me viene al espíritu una recomendación. Los que no sostenemos al régimen no podemos continuar en las escaramuzas de redes y señalamientos que evaden el verdadero problema, que es y no otro, remover a esa ominosa y sórdida oligarquía de militares y alienados ideologizados, que además se corrompieron y provocaron esta  suerte de guerra civil que con diversas intensidades le libran a los que disienten.

No creemos en nadie y de todos desconfiamos. Es explicable pero, también es imperativo remediarlo. Sospechamos de todos y nos encerramos en ghetos familiares, partidistas, sociales lo que solo favorece la permanencia del status quo. Ante eso, hay que reaccionar, comunicarse primero con los pares para lograr encontrar y como dijo una vez el catedrático español y amigo Agapito Maestre: “Lo común nace de lo diferente.”

Seguimos y no lo olvidemos, teniendo una ventaja. Tenemos razón y ellos están por el contrario a contracorriente de la historia. Nadie puede negar su fracaso ni su aridez espiritual, material y moral, pero tenemos que volver a creer.

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@nchittylaroche 

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