Notas sobre Venezuela, coyuntura, distopia y utopía

Las huellas no son solo lo que queda cuando algo ha desaparecido, sino que también pueden ser las marcas de un proyecto, de algo que va a revelarse”. John Berger

Cuesta mucho y a numerosos demasiado, admitir que la patria de Bolívar merezca más análisis y alguna esperanza. El país se exhibe aplastantemente distópico y de allí que algunos de sus talentos más notables ya no vean ni crean en otra perspectiva.

Orwell, que fue un testigo intuitivo y clarividente, nos ofrece en su texto 1984 una descripción genuina de la sociedad, petrificada, desespiritualizada, deshumanizada, totalizada, a la que luego Arendt, Shapiro, Aron, Primo Levi, agregaron precisión con brillantes ensayos y rostros patéticos inclusive. El fin de lo que hubo luce en ocasiones hórrido y manifiesto, pero tal vez no lo sea.

El fin del mundo ya ha sido muchas veces anunciado y hasta yo he escrito sobre el fenómeno que encierran esas situaciones catastróficas que lo presagian o simplemente lo muestran. Así como la naturaleza destruye y crea el homo ha hecho y hace otro tanto.

Empero, aquellos espantos que caotizaron al mundo europeo no agotaron la maldad. Ni siquiera en Europa y así Croacia, Serbia, Bosnia y en paralelo Asia y África se postularon para el relevo que llegaba a nombre de las revoluciones redentoras y de sus protagonistas. Cabe evocar a Pol Pot, a los coreanos, a los cubanos y a las matanzas raciales y religiosas más recientes de Sudán, Burundi, Ruanda, Nigeria y al ISIS como actor especial del más brutal intento por borrar del ser humano, cualquier atisbo de libertad o de consideración a la dignidad de la persona humana que pareció como  un principio, una viga ética y moral, vencer en la razón y en el corazón del hombre, después de la hecatombe bélica, el holocausto y el crimen de Hiroshima y Nagasaki.

La historia siempre insistió en volver a la barbarie en realidad. Regresó a sus peores sentimientos y demostraciones el homo politikon, como si para afirmarse, requiriera autonegarse, victimarse a manos de sí mismo y aún lo hace, con saña y asestando puñaladas al presupuesto inclusive que sostiene desde el génesis la idea de que el proyecto humano es bondadoso más que perverso y cruel, como siempre ha sido en verdad.

El objeto de esta reflexión, no obstante, apunta a la Venezuela como una pila de escombros. Como una montaña de perros muertos, arrollados. Siendo que en medio de la evidencia del desastre, de la regresión, de la vuelta a la bestialidad y no hay hipérbole alguna, advierto que, justamente cuando perdemos dentro de nuestro espíritu la convicción de que podemos corregir y quemamos las naves de la confianza en esa criatura capaz de reivindicarse como colectivo que somos todos, alcanzamos la barbaridad, dejamos de ser civilizados. Se estrella la nación y los agentes del pragmatismo capturan el poder como botín o como poder personal u oligárquico.

Desde una conflictividad administrada, regularizada e incluso exitosamente, propio de la república liberal democrática, se inoculó el virus que confieso que vi venir y lo denuncié y compartí como reflexión el asunto, entre académicos y otros interesados, repito, vi el arribo del agente letal y su semiología, la despolitización y la desciudadanización también. (Seminario sobre Política y Antipolítica, los nuevos actores sociales. Fracción Parlamentaria de Copei. Caracas 1997).

Por dos décadas se han visto las consecuencias de prescindir de las fortalezas alcanzadas y disfrutadas y luego, por factores diversos sobre los que hemos trabajado antes y que llamamos la antipolítica, licuadas nuestras entidades, como diría Bauman, hasta privarlas de sus propiedades que, ofrecían consistencia y funcionalidad.

Suele enfatizar mi fratello Freddy Millán Borges en la idea de que la política es “Poiesis”, es creación, alumbramiento y con ello, intenta soliviantar a los que se resignan no por conformismo sino por desesperanza o peor, agotamiento de su energía o de su fe o de su convencimiento. Piensan que no hay para más ya y, retroalimentan su paro espiritual y racional, con las inevitables certezas de que no hay otras certidumbre distintas a la oscuridad.

A mi juicio, lo que acontece es exactamente lo que se tiene enfrente pero no se distingue nítida y paradójicamente. Se detuvo la comunicación o se obvió, se segregó a unos u otros, se legitimó la exclusión y se urbanizó una escala de sin valores y sin méritos que normalizó el asalto feroz de la mediocridad. Un giro populista se consumó, oclocrático, tumultuario, resentido, intrépido y revanchista. Se hundió la república de Miranda, Bello, Bolívar, Roscio, Yánez. Se pasmó la política. Se desfiguró el ideal democrático.

Como un remolino del bajo psiquismo, en un pestañeo, desapareció, lo que éramos y como pensábamos; la libertad que se articula con la dignidad, el seguimiento de la normación societaria y la responsabilidad. Fueron esos fundamentos los que barridos, trajeron este desesperante sentimiento distópico nacional.

Algunos están convencidos de que de esta pesadilla no hay forma de despertar. Los audaces pero sin pasión sugieren una sacudida cuya filosofía institucional no es visible ni tampoco posible. Aparecen los espíritus negociantes, también caricaturescos, enajenados, alienados y oleadas de recuerdos premonitorios regresan, desde las lecturas febriles de los años universitarios de Aldous Huxley.

Si bien entonces hoy no hay república, aún hay latidos, lamentos, resoplos y alguna fantasía. Desde esos signos vitales que denotan que lo que hay es catalepsia del cuerpo político y social y, no como se enjuicia, una nación muerta en vida se ha de encontrar al otro presente, en el sueño ausente, en la utopía que obra a menudo en el alma humana.

Hay que volver a creer. Como Melquiades en Cien años de soledad, regresar de la aburrida soledad de la muerte y, vivir luchando por la existencia y en eso estriba, en nuestra voluntad nacional, el inicio de la utopía, convertida en razones para la vida.

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