¡Es con usted, señor Maduro! Por Nelson Chitty La Roche (El Nacional)

Habiendo dedicado más de dos tercios de mi vida a la política, creo haber aprendido la significación de acoplar lo que se dice con lo que se hace y, la dificultad extrema en resultar siempre coherente, congruente porque, las cosas cambian y las conductas deben adaptarse a menudo, trayendo como consecuencia el evento, la conciliación y casualmente la corrección.

FUENTE ORIGINAL EL NACIONAL

La política es conflicto. Es forcejeo, contradicción, procura, regularización y soluciones. Es programa, desempeño, controles, evaluación y resultados. También da cabida concurrente al cinismo, al pragmatismo, al idealismo.  Es a ratos ineluctablemente tragedia como nos enseñó y recuerdo yo a menudo, el sureño Rinesi.

Ya Churchill advirtió que “Los que nunca cambian de opinión, nunca cambian nada” y cuanto conjuga esa aseveración, con la brillante sátira o ironía a su manera de Groucho Marx, “Estos son mis principios y, si no le gustan, tengo otros”-

Empero lo anotado; advierto que en el caso de marras, como decimos los abogados, tratamos sobre la legalidad y la legitimidad de la presidencia que detenta Maduro. Algunos dicen que lo es a justo título y otros piensan que no es así, entre estos, me cuento yo.

En efecto; los celebrados “comicios” del 20 de mayo del 2018 se realizaron y en honor a la verdad, con serias y fundadas observaciones sobre su legalidad. Ello e imagino que él para muchos usurpador y para otros legitimo primer mandatario, debe tenerlo claro, es lo que ha dado lugar a las distintas posturas que derivan de la auditoría administrativa de la secuencia que conoce por mandato legal, la elección presidencial, el proceso de inscripción, votación y proclamación y más importante aún, el entorno orgánico y funcional del poder público, a cargo del cual, estuvo la gestión de la consulta electoral.

Pero eso ya ha sido largamente debatido y precisaremos solo algunos conceptos, aun a riesgo de repetir a veces, antes de apuntar a lo que inspiran estas sencillas notas y su razón del por qué.

Esos dos institutos, la legalidad y la legitimidad, devinieron en alfiles del tablero político jurídico público venezolano y factor esencial para asir la racionalidad de un debate que coloca, para más de 50 países del mundo a Maduro, como un mandatario con asterisco, por decirlo así.

Le llamó dictador hace semanas el presidente Biden e igualmente lo ha hecho, la OEA y voceros de la UE o los vecinos sudamericanos, Brasil, Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Uruguay y la lista es enunciativa.

Escribo estas notas, aún a sabiendas que opositores y distintos comprenden su estancia en el poder, en categorías severas y la llenan de epítetos y calificativos de absoluto descrédito, desprestigio, inmoralidad e irresponsabilidad pero, usted tampoco se economiza en ese contrapunteo y las razones abundan piensan los unos y seguramente los que lo acompañan. No hay diálogo en Venezuela y si alguna vez se intentó, no llegó a nada. Lo hago pensando que esta Venezuela tan afectada, acontecida, desfigurada, merece un esfuerzo de todos y también de unos y otros y de usted, valga que redunde quizá.

La doctrina jurídica sostiene aún una añeja disputa, pero podría afirmarse que, sin pretensiones de polémica, es legal aquello que está conforme a la ley pero, también resulta legítimo lo que materialmente se ajusta a la relación de poder y competencia. Durante mucho tiempo se consideró entonces legítimas, aquellas  acciones que estaban ajustadas a la ley y provenían desde luego de los entes habilitados por la ley y entonces apreciadas como tales.

Cabe una cita del tratado de Derecho Político de Enrique Gil Robles, “La legitimidad de cualquiera institución es su conformidad con la ley en toda la extensión de la palabra, y, por lo tanto, con la ley divina, natural y positiva, y con la humana, ya consuetudinaria, ya escrita. Así, pues, lo mismo da decir legitimidad que legalidad y así lo expresará.…. implícita o explícitamente, la elocución, en el sentido de ley contraria a derecho, o como si dijéramos sin moralidad y rectitud, puro legalismo pragmático, privado del espíritu de justicia, y divorciado y enemigo de ella; y también puede usarse el término como expresivo de una ley, que aunque tenga en sí misma razón y justicia, no está en conexión y armonía, sino en oposición y pugna, con otras leyes de orden superior, y así no puede atribuir derechos actuales en colisión con los demás de preferente título.”(Tratado de Derecho político. Salamanca, 1899-1902, tomo II, páginas 421-22.)

La noción de justicia y el derecho natural concurren, sin embargo, ciertamente al fenómeno y, permiten ampliar el angular y evidenciar otras referencias que como agentes del sistema habrá que ponderar. El concepto de legitimidad que manejamos hoy en día, imbuido de una evolución que alcanza las notables influencias de Weber, cava fundamentos que se alinean en la plataforma.

No obstante y más allá de las clásicas formas de legitimidad, en la letra del sociólogo alemán, carismática, tradicional y racional, resaltan los estudiosos, una sentencia del mismo Weber asaz pertinente; la legitimidad es pues, “la obediencia a preceptos jurídicos positivos y estatuidos según el procedimiento usual y formalmente correcto.” (Economía y Sociedad, ed. México, pág. 36) cita proveniente además del trabajo de Luis Legaz Lacambra (Noción de la legalidad», recogida en el volumen de Ponencias españolas editado por el Instituto de Derecho comparado de Barcelona, 1958.)

No es este un marco para profundizar pero, el asunto conoce una dinámica histórica que, como el modelado geográfico va decantando y perfilando las ramificaciones desde las experiencias examinadas. Conviene entonces recordar que, el concepto de legalidad es propio de la modernidad y aquel de legitimidad, mas antiguo, se hará específico después del Congreso de Viena en 1814 y el regreso de las monarquías y sus genuinos causahabientes, en el crepúsculo de la Revolución francesa.

La historia como legitimidad y el Código Napoleónico como base nomotética se encuentran. Un trámite dialéctico se ha de cumplir y en relativo poco tiempo se pusieron a prueba los razonamientos para precisar que los conceptos puros, apriorísticos, de legalidad y de legitimidad, no interpretaban el sentido en que la semiología política los debió convocar. Fue menester entonces ajustar en el fenómeno que se presentaba y explicarlo, sin discutir las basas de la ontología jurídica envuelta pero, advirtiendo que el derecho y la política se tienden la mano.

Abundando un tanto y para mejor comprensión; si no hay legalidad, no hay legitimidad y en teoría democrática, la llave legalidad-legitimidad admite ser puesta a prueba, por la aquiescencia que los destinatarios del poder manifiestan en su condición de titulares de la soberanía y es así como funcionan los mecanismos de control que incluyen consultas sobre decisiones o sobre la gestión misma de los detentadores del poder legal y formal. La legalidad y ese es pues, el otro rostro del asunto, se funda en la legitimidad.

Mas claramente; frecuentemente advertimos como los gobernantes pierden sostén, respaldo, aliento popular pero se mantienen como legítimos, anclados en la entidad de su legalidad de origen y la misma supone un término temporal de permanencia. El equilibrio de uno y otro elemento, conjuga la viabilidad democrática.

¿Legitimidad de origen? No es un esoterismo. Lo diremos sencillamente. Se refiere a las formas de acceso a la magistratura. Deben ser legales y allí va contenida, como es propio de la democracia, la decisión popular expresada, libremente, transparentemente, válidamente.

Ahora bien, muchos compatriotas de la más variada expresión societaria y también, jefes de Estado de otros países, pensamos que en esa elección de mayo de 2018, hay evidencias de irregularidades y de allí que a usted, se le desconozca como presidente legítimo y legal de Venezuela.

No tiene usted legitimidad de origen y así, su presidencia no es legal ni constitucional. Muchos atribuyen que debieron recurrir a artilugios, argucias, desvíos, abusos y maniobras que contaminaron la legalidad  de esa elección, porque usted  sabía que había perdido todo el favor popular.

La desconstitucionalización ha sido el rasgo más característico de la experiencia iniciada en 1998 con la elección de Hugo Chávez. Sin ánimo de discusión, hago notar que, el “estado del arte” sobre el punto de la legalidad y constitucionalidad a partir del mismo mes de enero de 1999 es pacífico, al asentar que se ha producido un sostenido y sistémico abandono del Estado Constitucional y por cierto, el resurgente impulso que se oye mencionar de las leyes comunales y ciudades comunales es una ratificación obscena de lo que apunto. (Rachadell, Manuel, Evolución del Estado venezolano 1958-2015. De la conciliación de intereses al populismo autoritario. Caracas Julio 2015. Amazon.es entre muchísimos ensayos académicos de notable calidad)

Esta patología no sanará si no se atiende la etiología. La causa del mal radica en el desconocimiento y manipulación, en la transgresión, en la violación de la CRBV y las leyes electorales, entre otras. Convocar a elecciones regionales como si nada pasara, como si viviéramos realmente en un escenario de normalidad, es falaz, superficial, inicuo.

Si no se corrigen las numerosas falencias que acompañan un cuadro de usurpación de todos, enfatizo, todos los poderes públicos, la degradación continuará y en sus manos y no otras, se seguirá muriendo, señor Maduro, la patria, como ya se murió -o así se piensa- la república.

Además de permitir, promover y cuidar que se regrese a condiciones electorales adecuadas, legales, imparciales, debe usted coadyuvar a la solución del problema de fondo y, como ofreció en su discurso el pasado 12 de enero ante la AN, mostrarlo con hechos y no palabras. Si algún día la oposición venezolana se convierte en alternativa política y presenta un candidato, una candidata creíble, y por la vía de la democracia y la tolerancia gana las elecciones, lo reconoceremos de manera inmediata, pero con lealtad al país.”

Observará usted que, varias veces y con la gesticulación del pendenciero, afirmó, que usted no saldría de Miraflores ni por las armas ni por los votos. El testimonio gráfico y el video dan testimonio de lo que digo y así, le anotaré que tal vez usted cauterizó y se abrió a la posibilidad democrática de aceptar un veredicto que, viniendo del pueblo lo sustituyera.

Ojalá en esa mención, su sinceridad estuviera presente y sabe usted que muchos, no creen en que esa sea su voluntad pero, voy a reiterarle una propuesta que elucidaría las dudas y por ella sola, resolvería la problemática que inficiona de usurpación al régimen que usted preside.

Ratifico que el primer paso es condiciones electorales regulares, asegurando la legalidad entera de todos los actores y procedimientos concomitantes. El segundo es facilitar, y sería mejor que usted se convirtiera en promotor, de un referéndum revocatorio que procedería constitucionalmente en enero de 2022.

No se lo deje a la oposición, propóngalo usted o acaso, no lo obstaculice o permita que los autores espontáneos actúen para enervarlo. Imagínese, cómo lo vería el mundo, el país. Sería la mayor y más afortunada sorpresa del año en curso, me atrevo a vaticinar.

Si usted gana ese referéndum y no es revocado, superará la carencia de legalidad y legitimidad y será, sin discusión, presidente constitucional; y si pierde, se irá cumpliendo con la Constitución.

Permítale al país respirar. Expóngase al juicio de sus conciudadanos. Muestre que tiene coraje para reconocer, como dijo en enero, que aceptaría la soberanía del pueblo. ¡Es su deber!

[email protected]

@nchittyla roche

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