Yrving Pérez, una mujer expulsada por la violencia que quiere regresar a casa

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Guanare.- Yrving Pérez sueña con regresar a casa, aún cuando de ella no guarda gratos recuerdos. Quiere recuperar su propiedad porque es el único patrimonio de sus dos hijos, y porque vivir como errante en otro país no le da paz ni sosiego: “Vivo atormentada y sin futuro”.

Yrving tiene 34 años, es de Acarigua, la ciudad agroindustrial del estado Portuguesa, al centro occidente de Venezuela. Desde hace más de cinco años es víctima de amenazas de muerte por parte de Pablo de la Cruz Sánchez, el exesposo de su difunta madre, un hombre de unos 57 años, a quien señala de financiar a una banda delictiva, constituida por menores de edad, para que le perturbaran la tranquilidad de su hogar, formado en una humilde vivienda de avenida 5 la urbanización El Carmelo, al sur de esa capital.

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La violencia del padrastro comenzó cuando Yrving tenía 16 años y decidió mudarse de la casa de su abuela a la casa que le había dejado su madre, en la que aún vivía Pablo de la Cruz Sánchez. Desde esa fecha, se inició el pesado historial de maltrato físico y psicológico que arrastra la joven. Incluso, cuenta, que Sánchez llegó a amenazarla con un arma de fuego y a golpearla con tubos plásticos, de esos que llaman PVC, usados para acometidas de aguas y de electricidad”

Los abusos se calmaron cuando la muchacha cumplió 21 años, y decidió denunciarlos. En 2016, los órganos de justicia a los que acudió actuaron y dejaron a Pablo de la Cruz Sánchez fuera de los documentos legales de la vivienda. En esa fecha, el Ministerio Público le impone una restricción de acercamiento hacia Yrving y sus hijos, la cual está contenida en el documento oficial N.18-2c-fs-UAV-0031-2016.

La tregua que significaría la medida judicial en favor de Yrving no duró mucho. Sánchez no se quedó quieto. Según la agraviada, su padrastro le pagó a dos menores de edad para que causaran terror en la morada de Yrving. “No conforme, se dio a la tarea de contaminar con formol los aires acondicionados de la casa para envenenarnos”.

Irving, aterrada, acude a la delegación municipal del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) de su localidad. “Allí no atienden mi denuncia por considerarla algo normal. Se burlan de mí”, señaló a El Pitazo en una entrevista a través de WhatsApp.

Cinco años más tarde, a Irving la sorprende un robo agravado en su residencia, por el que se condenó a los causantes del daño. No se pudo dictaminar si este robo fue ordenado por Pablo Sánchez o por la intermediación de un vecino de nombre Elisaúl Sánchez Pérez, más conocido por el alias ‘el tocuyano’. Este advierte a Yrving que “no puede volver a su casa porque los mismos detenidos envían gente encapuchada a su casa a causar disturbios”.

Mientras pasa la zozobra, Yrving decide mudarse con su hermana y abandona la casa, pero meses después una amiga suya le pide que le preste la vivienda porque quedó en la calle. Yrving le comenta sobre la situación de acoso a que está sometido el inmueble. Sin embargo, su amiga, ante la necesidad de un techo, insiste. Irving le presta la casa.

No habían pasado ocho días desde que ocurrió la mudanza cuando sujetos armados balearon la vivienda. “Le dispararon tres veces con mi amiga e hijos adentro: una camioneta se paró frente a mi casa y desde allí le echaron tiros solo a mi casa”.

Yrving vuelve a dirigirse a la fiscalía y le toman la denuncia. Le dictan una medida de protección policial, pues presentó testigos -vecinos y amigos traumados por el tiroteo- las conchas de los proyectiles percutidos y fotos de las áreas afectadas. Temía por su integridad y la de sus hijos. Se complica su situación financiera y decide irse a Colombia.

Yrving Pérez trabaja en un puesto de fritos en Barranquilla con la esperanza de recuperar su casa | Foto álbum familiar.

La casa vuelve a quedar vacía. En diciembre de 2020, otra amiga con necesidad le escribe a Irving para pedirle quedarse allí junto a sus hijos y su esposo, pero Yrving le explica lo sucedido recientemente. No obstante, su amiga le dice que no hay por qué preocuparse porque su esposo es policía. La familia se muda y, al cabo de una semana, vuelven a tirotear su casa.

Su vecino, el tocuyano, se excusa alegando que todas las fechorías son obra de Pablo Sánchez. Este, según él, tiene orden de llevarse el techo de la casa. Yrving comenta que Sánchez y su amigo “el tocuyano” tranzan la venta de la casa en el marco de una negociación fraudulenta a espaldas de ella, la legítima dueña.

La mujer libra hoy una doble lucha por la sobrevivencia. Recuerda que la violencia no la ha dejado ser. “En Venezuela estudié enfermería, en la ciudad de Barquisimeto; luego me gradué de custodio penitenciario y nunca pude ejercer por lo que me pasó. En Colombia, vendo empanadas, papas rellenas y patacones en un puesto de fritos de una vía rápida «.

«¿Cómo se defiende una mujer a la que en la calle le han gritado que van a asesinar a su familia? ¡Deben creerme, deben hacer algo por Yrving!«, sostiene la madre que quiere regresar a casa.

Bianile RivasMigración

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