Desaparecidos del bote Ana María dejan una ausencia que no es de muerte, pero duele

En el país se contabilizan al menos cien desaparecidos que zarparon hacia Trinidad y Tobago y Curazao entre abril y junio del 2019. Sus familiares aún esperan acciones contundentes por parte de Estado para la búsqueda y rescate de sus parientes, pues denuncian que hasta ahora no han recibido señales de avance en las investigaciones sobre estos casos


Como si se los hubiera tragado el mar. Han pasado dos años desde que se le perdió el rastro a las más de 30 personas que iban a bordo del bote Ana María, que zarpó desde las costas de Güiria, en el estado Sucre, hacia Trinidad y Tobago. 730 días después familias enteras mantienen la esperanza de que en cualquier momento podría entrar una llamada con noticias sobre el paradero de su pariente.

Andy Villegas, Kelly Zambrano, Adrian Mata, Jhodelvis Matthei, Cesar Zorrillo, Josmarlys Gómez, Onel López, Oscar López, Alejandro Peña, Deivis Sucre, Anthony Monserrat, Carlos Merchan, José Bernard, Christian Martínez, José Bello, Darwin Cedeño, Génesis Reinosa, Naiduska Sifontes, Luisiannys Rodríguez, Adrian Martínez, Ani Villalobos, Luis Guanipa, Marolly Bastardo, Khaterine Berra, Dylan Berra, Victoria Berra, Franklyn Corderon, Giovanny López, Winder Blanco, Antonio López, Silvia Cortéz, Jesús Brito. Ellos siguen desaparecidos desde hace 24 meses.

17.520 horas han transcurrido desde el fatídico hecho. Carolina Gil, madre de Marolly Bastardo, lleva cada segundo contado. Día a día lidia con la incertidumbre por desconocer si su hija y sus dos nietos están bien, si han comido y si permanecen juntos.

*Lea también: INVESTIGACIÓN | Desaparecer en el mar: una búsqueda sin brújula

Marolly Bastardo viajaba con sus hijos Dylan Berra Bastardo de 4 años, y Victoria de Jesús Berra Bastardo de 2 años. También iba acompañada de su cuñada Katherine Berra López (28), su suegro Luis Francisco Guanipa Marín (46) y su tío Antonio López Cordero (44). Marolyn estaba embarazada. Se encontraba en las últimas semanas de gestación. Partía de El Tigre, estado Anzoátegui, hacia Trinidad y Tobago para buscar mejor calidad de vida para ella y sus hijos.

En Trinidad y Tobago iba a encontrarse con su esposo. Llegó a Güiria el 1 de abril. Estaba previsto que se fueran en otra embarcación, pero se le dañó el motor y no tuvo otra alternativa sino abordar el bote Ana María el 16 de mayo del 2019.

Carolina Gil dice que en todo este tiempo ha reinado el silencio. Ninguna autoridad dice nada sobre el curso o estatus de la investigación. A su juicio, los pocos detalles que uno que otro funcionario del Ministerio Público (MP) ha develado solo ha sido una cortina de humo.

«Pedimos a las autoridades que se pongan la mano en el corazón porque ya son casi dos años. A todo esto le sumamos la pandemia, porque ahora son capaces de decir que por la restricciones no pueden hacer nada», espeta.

La desaparición del bote Ana María no es un hecho aislado. En el país se contabilizan al menos cien desaparecidos que zarparon hacia Trinidad y Tobago y Curazao entre abril, mayo y junio del 2019. Familiares de los desaparecidos aún esperan acciones contundentes por parte de Estado para la búsqueda y rescate de sus parientes, pues denuncian que hasta ahora no han recibido señales de avance en las investigaciones sobre estos casos.

En los dos años que han transcurrido desde la desaparición del bote Ana María entre las costas de Güiria y Trinidad y Tobago, Carolina Gil pone sus esperanzas en la fe.

«Hay momentos en que no valgo nada. Otros días estoy fuerte. Cuando limpio me toca encontrarme, sobre todo con la ropa de mi nieta, que es la que más estaba conmigo. Ya no paso por la peluquería donde trabajaba Marollyn porque aún no encuentro el valor», manifiesta.

Cohabitando con la ausencia

96 semanas después, los familiares de los desaparecidos de bote Ana María cohabitan con una ausencia que no es muerte, pero que duele igual. Estos dos años se han convertido en un duelo estancado, sin respuestas de las autoridades y con una investigación en proceso que parece andar sin brújula

Andy Villegas es otra de las personas que abordó el 16 de mayo del 2019 el bote Ana María. Isidro Villegas, su padre, recuerda que el joven había llegado al país meses antes para llevarse a su esposa e hijo con él a Trinidad y Tobago. Tenía dos años trabajando en la isla caribeña. Sin embargo, no pudo agilizar el viaje de su familia por los altos costos de los documentos migratorios. Regresaba a Trinidad para reunir más dinero y poder agilizar el trámite.

Ese jueves 16 de mayo del 2019 la sensación de devastación y languidez se instaló en la familia Villegas. Al grupo le ha tocado aprender a vivir sin su más entusiasta pariente.

«Su mamá y yo le habíamos insistido que no se fuera, que se quedara, pero él no veía futuro en Venezuela. Pensaba en qué podía ofrecerle a Ricardo, su hijo. Por eso se fue y mira todo lo que pasó», rememora Isidro Villegas en entrevista telefónica. El día anterior a la partida de Andy, la familia celebraba el cumpleaños de Isidro y una de sus hijas.

Ha sido un tiempo de tristeza y de dolor familiar en el que todos han tenido que aprender a convivir con la fatiga. Ricardo Villegas, de 14 años es hijo de Andy. La desaparición de su padre lo mantiene distraído y ensimismado, dice su abuelo.

«Por más que uno lo torea se ha desmotivado mucho, hasta por sus estudios, después de ser un muchacho aplicado, que tocaba el piano, el chelo y jugaba futbol. Por más que tratamos de encarrilarlo, solo se la pasa encerrado en el cuarto todo el día y cuando mucho jugando en la computadora», relata.

El mar no se traga nada

Jeison Zambrano ha intentado mover cielo y tierra para encontrar a su hermana, Kelly Zambrano. Recalca que en todo este tiempo los familiares de los desaparecidos han ido a instancias estadales y sin embargo no han sido tomados en cuenta.

«Ha sido difícil pasar estos dos años tratando de buscar ayuda en el gobierno venezolano y de Trinidad y Tobago para esclarecer las desapariciones. En el caso del bote Ana María, para el gobierno venezolano, todos (los que iban en el bote)  desaparecieron y la embarcación naufragó, pero si fuera un naufragio no entiendo por qué nos amenazan y llaman amedrentándonos y hasta pidiendo rescate por varios de nuestros familiares», enfatiza.

Foto: Daniel Hernández

En todos los casos de desapariciones se ha repetido la actitud desentendida de las autoridades y procedimientos de búsqueda tardíos. En 2019, el Comité de familiares de los desaparecidos en Güiria protestaron en la sede del Ministerio Público en Caracas para exigir al Estado acciones para esclarecer el caso. Sin embargo, la respuesta del organismo fue confusa. Solo les dijeron que la investigación «avanzaba» pero no dieron mayores detalles a los parientes por lo que quedaron como al principio: en el aire.

Un mar de incertidumbre es lo que rodea el caso de las desapariciones. Con Jeison coinciden la mayoría de los familiares que han declarado a TalCual. Isidro Villegas reitera su desconfianza en la hipótesis de «naufragio» que el gobierno de Maduro lanzó al principio.

Del bote Ana María “no quedó ni una chancleta flotando en el mar” que le diera a los familiares de los desaparecidos indicios de un naufragio “como lo quieren hacer creer las autoridades”, ha dicho a TalCual en el pasado Isidro Villegas.

Isidro Villegas es marino mercante y con la propiedad que le da la experiencia asegura que «el mar es generoso y siempre regresa lo que se lleva». Por eso cuestiona que ni siquiera se hayan encontrado flotando en el mar algunas jarras vacías, prendas de vestir o pimpinas de gasolina.

Ha explicado que aunque eventualmente el bote Ana María haya zozobrado en Boca de Dragón, punto náutico entre Trinidad y la Península de Paria reconocido por la profundidad y fuerza de la corriente, la hipótesis de que el mar se tragó la embarcación con todas las personas que iban a bordo le resulta más que alejada de la realidad.

El marino explicó que la corriente en Boca de Dragón entra y sale del golfo de Paria cada seis horas aproximadamente, por las aguas que confluyen entre el océano Atlántico y el mar Caribe. Es decir, que si el siniestro fue en ese punto, los cuerpos han debido derivar por al menos cinco horas en el mar y aparecer posteriormente en lugares como Cabo Tres Punto, Playa Medina o Río Caribe. Pero en esas zonas no apareció ni una botella vacía.

“Los tiburones no se van a comer los chalecos salvavidas, las sandalias o los zapatos de la gente que iba en ese bote. Lo más fácil es hablar de naufragio y aquí no lo hay. Lo que sucede es un gran secuestro y trata de personas en complicidad con autoridades y mafias trinitarias y venezolanas”, han sido parte de sus aseveraciones.

Espera con la puerta abierta

«Yo todavía espero que mi hijo venga corriendo a mis brazos para pedirme que lo cuide», ha dicho en la entrada de su casa Carmen Jiménez, madre de Anthony Monserrat (21), uno de los pasajeros del bote Ana María que desapareció el 16 de mayo del 2019 luego de zarpar en busca de una mejor vida, para su madre, hijo y esposa.

Para el trabajo Desaparecer en el mar: Búsqueda sin brújula publicado en 2020, Carmen aseguró que se levanta en las noches para ver si su hijo, el primero que concibió, llegó y está en su cama, pero cuando ve que aún no ha regresado de ese viaje fatal la lluvia de preguntas le atormenta: ¿Habrá comido? ¿Tendrá frío? ¿Tendrá la ropa limpia? ¿Estará vestido?

El único mensaje que no ha borrado desde entonces de su teléfono es el último que le envió su hijo el 16 de mayo cerca de las 4:00 de la tarde, para avisarle que el peñero ya había zarpado y en el que le prometía que llamaría apenas llegara al país caribeño, lo que nunca pasó. Se quedó esperando la llamada y las amigas de la infancia que lo recibirían se quedaron del otro lado aguardando por el peñero.

Anthony estaba desesperado por la situación que se vivía en el pueblo, estaba angustiado porque cada vez pasaba más trabajo para alimentar a su hijo y al resto de su familia. Sofocado por la precariedad decidió irse, sin prestar demasiada atención a que ya un bote se había perdido en el mismo mar que veía cada vez que salía de su casa.

El viaje estaba pensado para el 25 de abril, pero este mismo día se prohibió el zarpe ilegal de botes por la desaparición del bote Jhonaily José.

Foto: Daniel Hernández

Foto: Daniel Hernández

La tesis inicial fue que el barco se zozobró en Boca de Dragón,  pero Carmen la desestima. Tiene más de 40 años en Güiria y sabe muy bien qué es navegar por esa zona porque desde niña siempre la cruzaba. «Siempre hemos sabido que cuando hay un naufragio quedan rastros», pero lo único que quedó del Ana María fue su capitán Alberto Abreu, quien aunque a través de un video aseguró ser inocente y que la embarcación se zozobró, se dio a la fuga.

«Los únicos que saben qué pasó en esa embarcación son los pasajeros y Alberto Abreu, pero si él no tuviese culpa buscara a las autoridades y contaría qué fue lo que pasó realmente, no decir esas embustes», dice lapidaria.

Para la mujer de más de 50 años la embarcación no naufragó, porque «el golfo devuelve todo lo que se lleva». Esto no fue que el mar abrió la boca y se comió a todo mundo.

A destiempo

En 2020, la bandas dedicadas a los delitos de trata de personas continuaron operando en el país. Ni las restricciones que se aplicaron en la nación tras la llegada de la covid-19 frenaron a estos grupos delictivos, mucho menos la actuación del Estado venezolano.

La actuación de las autoridades ha sido lenta en esta materia. Al cierre de ese año fue cuando el fiscal designado por la impuesta asamblea constituyente, Tarek William Saab, reconoció la existencia de bandas dedicadas a la trata y al trafico personas desde Güiria, estado Sucre. El pronunciamiento del funcionario fue hecho luego del naufragio ocurrido entre las costas de esa localidad sucrense y Trinidad y Tobago en el que murieron ahogadas más de 20 personas.

TalCual en alianza con la plataforma periodística latinoamericana Connectas, en el marco del apoyo de la iniciativa del International Center for Journalist (ICFJ, por sus siglas en inglés), desarrolló la investigación Desaparecer en el mar: una búsqueda sin brújula, que muestra cómo las instituciones de gobierno han ignorado las alertas que apuntan el desarrollo de un delito de magnitud internacional: el tráfico de personas y la explotación sexual, en el cual Venezuela se posiciona como el primer país con prevalencia en Latinoamérica, según índices mundiales.

El trabajo multimedia desarrollado por TalCual durante seis meses rastrea las pistas que las autoridades han dejado sueltas, se complementa con pesquisas en el límite fronterizo marítimo entre ambas naciones y en la vecina Trinidad, para entrelazar una historia de complicidades y omisiones de ambos gobiernos, cercanos en la política y en el silencio ante un problema “que se ha vuelto masivo por el contexto de la migración venezolana”, como admiten funcionarios trinitarios.

Por: Tal Cual Digital
Fecha de publicación: 2021-05-16 06:05:53
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