Otras notas sobre la libertad Por Nelson Chitty La Roche

El concepto de libertad no era un concepto nuevo para el siglo XIX, había tenido un papel importante en la civilización helénica y romana y se volvió tradición en el pensamiento político occidental[1]. Sin embargo, en los siglos XVIII y XIX la libertad volvió a convertirse en un concepto fundamental, ya que si bien soportaba la carga hereditaria neoclásica, tomó implicaciones totalmente distintas a las que detentó en la Antigüedad[2]. Estas nuevas implicaciones venían dadas por los vínculos semánticos que el concepto de libertad entabló con el concepto de revolución, a medida que ambos experimentaban desplazamientos de sentido y se consolidaban en el centro del vocabulario político moderno”. José Javier Blanco [El concepto de libertad y la formación de un Estado moderno en Venezuela (1810-1812)].

Reunido este martes pasado con un grupo de profesores de la UCV, con motivo de una convocatoria que quiso traer al foro a las distintas corrientes que hacen en el alma mater vida política, involucrándose las mismas en la consideración de los asuntos propios de la dinámica del más importante centro de estudios superiores y, escuchando las intervenciones de mis pares, sentí el impulso de escribir a guisa de meditación sobre la libertad, en la perspectiva existencial y en este tiempo agónico de nuestra república. Trataré de seguidas de explicarme suficientemente.

En efecto, disertamos allí sobre una casa de estudios, la que apenas sigue siendo nuestra, postrada por el asedio a su autonomía y la asfixia económica  de la que es sujeta, y que ha venido privándola incluso de sus más elementales fortalezas y sometiéndola al abandono y la descomposición de sus constructos básicos.

No solo por cierto me referiré a la UCV; la reflexión alcanza para cubrir en general a la universidad venezolana toda. A la educación primaria y secundaria que está poco menos que paralizada y la pandemia solo vino a agravar lo que ya respiraba con dificultad.

Creo sinceramente que no exagero de un ápice al concluir que el Estado chavista, madurista, militarista, ideologizado, populista, despótico y, sobre todo, resentido e inepto; ha tratado al establecimiento educacional nacional y pretendiendo capturarlo, sesgarlo, despersonalizarlo y colonizarlo insisto ideológicamente, con especial saña y, una suerte de rencor por lo que ellos significan, prescindiendo de la importancia que para la misma tendencia política, simulando ser la izquierda, tuvo ese espacio de libertades que ofreció, a todo evento siempre, la república civil, liberal y democrática.

Ya lo decía el Libertador a Santander en una epístola, de la que un segmento viene a mi memoria y perdonen si hubiere alguna imprecisión: “La ingratitud es el peor defecto que puede tener el ser humano y lo que es más, es el único pecado que no perdona Dios”. El odio que imputan a los que disienten como delito, en honor a la verdad, es la práctica corriente que se advierte, en cada evaluación que se hace de las políticas que adelanta el régimen con respecto a las universidades y la educación en general.

Empero lo afirmado, no me distraeré más en glosar la obviedad que transita ante los venezolanos de la capital y de la provincia y apuntaré a una constatación dolorosa a la que llegue yo, en cada una de las opiniones que vertían los docentes en la reunión de la UCV; hemos perdido la libertad de la que gozábamos y lo peor es que muchos, por calculo, indiferencia o inconsciencia lo aceptan mansamente.

No es una afirmación de Perogrullo, es menester que examinemos el asunto para medir, contar, pesar el daño que la revolución ceresoliana que comenzó aquel 4 de febrero de 1992 y se formalizó, por así decirlo, con la complicidad de la gente, del común, del pobre primero y luego de muchos más, al prestarse para tolerar y colaborar inclusive con los mamelucos y rufianes que se hacen llamar revolucionarios y por ende, portadores de las banderas de la dignidad y han sido verdaderamente los cínicos verdugos de la patria de Bolívar pero particularizo, de la libertad que habían sus más preclaros vástagos logrado en 1958 y vivido hasta 1998 para el bien y el florecimiento de los valores democráticos y humanísticos, sin pretender dejar de reconocer errores y desaciertos, pero con un balance largamente positivo, en todos los órdenes y, esto no lo puede negar seriamente, ninguno de los espalderos de Chávez devenidos en dignatarios de la satrapía que suplanta a la república o la palangre y los cagatintas que se presten a sostener cualquier versión oficial antes que la verdad mas paladina.

¡No somos libres! Estamos bajo una construcción seudoconstitucional e ilegal en la que vegetamos más que vivimos pero, sobre todo, dominados, nariceados, enervados en cada escenario de nuestras vidas sin ninguna excepción.

Hemos sido además desciudadanizados, despojados de nuestros derechos políticos y civiles, y acaso aparentamos pero no ejercemos la membresía del cuerpo político, siendo que por vías de hecho y de una irrita armadura reglamentaria, nos privan, anulan, opacan nuestros afanes ciudadanos.

No hay espacio público, no hay deliberación, no hay intervención y menos control del avieso poder, lo que es consustancial a la participación política y desde luego se nos trata y manipula como una manada de semovientes degradados antropológicamente y menoscabados en la propia autoestima.

Enfatizo que no somos libres porque estamos dominados, sin voluntad propia, sin expresión ni discernimiento, desconscientizados y moralmente desprovistos de cualquier entidad.

La autonomía y la descentralización desaparecieron de la cotidianidad y esa es la verdad de cada día. Como apuntaba mi amigo y colega Tulio Álvarez a la audiencia docente en el evento citado: “Ya fuimos intervenidos, ya no somos autónomos”. No hay área que no haya sido afectada perniciosamente, ni sociedad civil que no esté contaminada o impedido su funcionamiento. ¿Es acaso esto que escribo mentira?

El Estado fue usurpado y la sociedad también, pero todavía se permiten –y mira que lo dejan prístino para que lo entendamos– reclamar las sanciones que escasamente el cosmos democrático, con más pena que gloria, destaca como presión para obtener unas elecciones libres. Piden, majaderos, el reconocimiento de los poderes fácticos e ilegítimos, apresan provocadores a los dirigentes opositores y se burlan de las corporaciones religiosas.

A punta de amedrentamiento gobiernan. Amorales y ahítos de impunidad, conculcan todo y a placer y se mofan de la comunidad internacional, de los noruegos y europeos, de los norteamericanos, de las democracias continentales, jugando a una suerte y disculpen el coloquio, de gallo pelón. Otro tanto hicieron y hacen los Castro con los cubanos y los europeos, cual celestinos, los complacen, aplauden y financian.

La doctrina desde hace unas décadas y a través, entre otros pero principalmente, de Isaías Berlín se inclinó frente a la exposición de una llamada libertad negativa, resultante de la ausencia de impedimentos materiales o jurídicos ante el ejercicio de la voluntad y aquella otra que llamó el otrora comentarista de la BBC libertad positiva y la cual se configuraba por la participación del individuo, en la fragua de la decisión política, el autogobierno y un largo margen de emancipación.

El republicanismo teórico ripostó, por la pluma de Philippe Petit y de Quentin Skinner –vale decir, la Escuela de Cambridge–, quienes señalaron que la libertad se tangibilizaba también en la independencia y la no dominación que se visibilizaba por contraste y ante escenarios de intervención vivencial.

Resalto que en Venezuela hemos visto la reducción paulatina de la esfera privada y se ha conformado, además, un modo de vida filtrado en la potencia pública y en su accionar. Ni siquiera la institucionalidad escapa de esa fagocitosis ideológica y administrativa que, por cierto, se haría la regla con el Estado comunal.

Ni los gobiernos regionales ni municipales, correspondientes con el esquema federal y descentralizado constitucional, personas político territoriales constitucionales, logran asegurar sus potestades, por cuanto el Estado nacional los ha usurpado y prepara además el zarpazo final.

Los municipios vieron el despojo de sus atribuciones y facultades tributarias y, dicho sea al pasar, nada hicieron o tal vez, poco podían haber hecho, pero es un ejemplo de muchos más que se agregan al secuestro abierto e impúdico de las policías estadales y municipales y de su armamento y, más claro aún, de puertos y aeropuertos cuyo régimen de poder y competencia fue adulterado y no hablemos de la Sala Constitucional y el TSJ que mutaron para convertirlos en el bufete del PSUV y gestores de los intereses, caprichos y felonías de sus personeros.

El CLAP se agrega a otras formas de dependencia como las listas de plataforma patria, con la que se distribuyen bonos de 1 a 2 dólares y te llaman para vacunarte contra el covid-19, proveerte de medicamentos para enfermedades catastróficas y todos hacemos colas para poner gasolina subsidiada y constatar que, ya el primer día de cada mes, alguien que te “representa” te hurta unos litros de combustible o filas para recibir hasta algo de efectivo en los bancos con lo que podamos pagar pasajes. Nada es nuestro sino una concesión del régimen.

Puedo seguir pero salta a la vista el corolario; perdemos a diario nuestra libertad porque aumenta nuestra dependencia y nuestra vulnerabilidad frente al ogro que, este sí, se presume filantrópico pero de altruismo fingido y retórico, ya estamos hartos.

Por eso he venido hace ya tiempo, y últimamente con un grupo de conciudadanos, planteándole al país y a quien pueda interesarle que no hay tiempo para esperar y menos para demorar. Debe accionarse a nombre de la paz y la supervivencia de esta república de la que queda el carapacho una medida que cuente con el concurso del pueblo que ha dejado de ser el soberano, pero que necesitamos recupere su entidad.

Hay que dimensionar el tamaño del desafío y entender que lo estratégico está en la mesa de negociaciones y quizá más bien, en el minuto del drama diario del venezolano que sufre ya exponencialmente y que se apaga como la llama en la vela casi íntegramente consumida.

Hay que cambiar de canal histórico ya. Maduro debe cesar y su gobierno sustituido. Hay que despertar de su pesadilla, de su sopor, frustración, resignación y apatía al ciudadano. Debe entender su responsabilidad histórica.

El totalitarismo no es uno solo sino un tipo de opresión. Este es el que padecemos acá y urge ponerle fin. La revolución, como nos advirtió Hannah Arendt, se separó de su propósito inicial, la libertad, y se congració con otros objetivos más pedestres, para repetir el fraude histórico que a nombre de la igualdad y la necesidad insatisfecha nos desfiguró y escalpó como ciudadanos.

Si la vía ha de ser pacífica, electoral, constitucional, legal y democrática, tiene en el referéndum revocatorio su mejor instrumento y el más legítimo para una transacción política e institucional. Que no lo sabotee el régimen y que no ceda la oposición detrás de intereses distintos a la salvación nacional.

[email protected]

@nchittylaroche

El Nacional

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