¿Representativa o protagónica? (parte segunda) Por Nelson Chitty La Roche

Aquí en Venezuela se ha cumplido cabalmente la teoría de las catástrofes. Esta teoría la conocemos, voy solamente a refrescarla un poco, de aquellos días de los estudios de ciencia política y de ciencia militar que en el fondo es lo mismo, decía Clausewitz, uno de los grandes estudiosos de la ciencia militar: La teoría de las catástrofes ocurre de manera progresiva. Cuando sucede alguna pequeña perturbación en un entorno, en un sistema determinado y no hay capacidad para regular esa pequeña perturbación; una pequeña perturbación que pudiera regularse a través de una pequeña acción. Pero cuando no hay capacidad o no hay voluntad para regular una pequeña perturbación, más adelante viene otra pequeña perturbación que tampoco fue regulada, y se van acumulando pequeñas perturbaciones, una sobre la otra y una sobre la otra; y el sistema y el contorno va perdiendo la capacidad para regularlas, hasta que llega la catástrofe, la catástrofe es así la sumatoria de un conjunto de crisis o de perturbaciones”. Hugo Chávez Frías

Discurrimos antes sobre la democracia y las observaciones que su ejercicio suscitó en el pensamiento de la modernidad. Rousseau y Sieyès teorizaron y así emanó un dilema que todavía sigue.

En el fondo, se trata de la actuación del nuevo titular de la soberanía que delibera, decide y al hacerlo, puede sin mediación o dejando que otros en su representación gestionen.

Directa o protagónica entonces, o a través de mandatarios, se cumple el acto soberano que manifiesta y concreta la voluntad de la nación, cuerpo político y estado civil.

Empero, cabe anotar que ese constructo consultivo y electoral, nos lo señaló Burdeau, no agota como sostienen algunos la dimensión de la idea de democracia, siendo que una serie de aspectos, valoraciones y conductas relacionadas con la igualdad, la libertad, la solidaridad gravitan en esa forma de gobierno y también modo de vida societario.

Pero el establecimiento de un sistema de democracia directa, atractiva, sin dudas, supondría una complejidad logística casi imposible de superar. Me refiero a decidir todos los asuntos con una consulta a cada miembro del padrón electoral. Imaginemos en nuestro país, con 21 millones de electores, sujetar a aprobación de la mayoría todos los temas de la gerencia diaria de los asuntos públicos. Nada fácil, pues.

Paralelamente, la representación incita a la duda y a la desconfianza de manera inevitable. Ya se discutía sobre su alcance y naturaleza en la Asamblea Francesa y se escuchaba a Robespierre, a Condorcet, indicar que al ser electo representante lo era de todos y no solo de los correspondientes electores de la circunscripción en cuestión y, de otra parte, que se elegía a un ciudadano que se desempeñaría de acuerdo con su conciencia y no sujeto a nada más, ni siquiera a la presunta opinión de los que por él habrían votado y lo habrían elegido. Capítulo comprensiblemente polémico el que la representación significaba.

Invocaremos a Lincoln y su célebre discurso de Gettysburg: “El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, para resumir la esencia de la democracia, aunque surgen otros elementos a considerar. Lo hemos dicho antes, pero lo repetimos, la democracia es una forma de expresión de la soberanía y con ello nos reencontramos con otra de las aparentes aporías que la forzosa problematización conceptual trae en sus alforjas, que patentizaremos con una interrogante: ¿si bien el pueblo es el titular de la soberanía, cada ciudadano dispondría de una parte de ella y qué consecuencias ello implicaría?

Pues en términos muy sencillos diremos que reunir a todos para conocer y consultarles, y haciéndolo, determinar la voluntad general rousseauniana, es un desafío ciclópeo. Dejo en alto que estamos refiriéndonos a la soberanía fuente y expresión de la decisión contenida en la voluntad general, sin más pretensiones en esta limitada reflexión aun cuando habrá que agregar otras inferencias.

De nuevo Sieyès insurge para exponer su docto criterio y desde la acera de enfrente objeta lo que se recogería doctrinariamente como la teoría de la soberanía popular y postula aquella otra de la soberanía nacional que afirma que no puede dividirse ni siquiera en alícuotas la soberanía, la cual pertenece a la nación y entonces, solo puede establecerse por la consulta a ella, pero para pronunciarse mediante órganos o por intermedio de un gobierno representativo. Es todavía más concluyente el abate y lo parafraseo cuando indica que fuera de la representación solo tendría lugar, el caos y la locura.

Entonces, el gobierno representativo electo por la nación construye el mecanismo que aseguraría la manifestación soberana. Otra pregunta surge acá: ¿hasta dónde llega, alcanza, irradia la soberanía? Sobre eso hemos escrito antes, pero a mayor abundamiento tendríamos que consultar a  Benjamín Constant, que nos aclaró en otra de sus brillantes exposiciones que ni siquiera la soberanía es absoluta.

No hay tiempo sino para concluir que ni la una ni la otra son autosuficientes y ello se hace evidente, al examinar el necesario control del poder que tendrá que formularse erigiendo un sistema que combine los dos regímenes, como anotaremos de seguidas.

Erectar una república supone una estructuración con una impronta ética que transversaliza su arquitectura. La procura de la libertad como no dominación demanda, un Estado de Derecho que limite el poder, lo ciña y eduque para sus propósitos y no para otras tareas. La andadura jurídica a través de la Constitución proporciona en el modelo teórico todos los elementos, o al menos debería ser así.

Una democracia es otra cosa, aunque suelen fenomenológicamente confundirse y hasta fundirse y como por antonomasia, entender una por la otra, pero repito que no es lo mismo, siendo que la regla de oro del gobierno del pueblo es la mayoría y de allí al desafío que solivianta la pretendida soberanía que subyace.

Los griegos no eran pro democracia y es poco lo escrito o recogido por ellos y de los helenos en general, que la resalte y distinga como la mejor forma de gobierno. El primero de los registros que merece mención es el de Herodoto y luce equilibrado para Otanés, Megabizo y Darío, además de que se referiría a los persas, pero luego tenemos la oración fúnebre de Pericles que es, a diferencia del anteriormente citado documento, una loa a la democracia ateniense y de la pluma de Tucidides fue registrado en las Guerras del Peloponeso, obra estelar del escritor e historiador y comprometido testigo de su tiempo.

Los grandiosos Sócrates, Platón y Aristóteles, aprehensivos miraban el gobierno del pueblo por cuanto preveían el giro oclocrático que le era propio y la secuencia más que autoritaria tiránica que la seguía.

De su lado, los padres fundadores de la nación norteamericana se cuidaron de no referirse a su hechura constitucional y sistémica como una democracia sino como una república y así lo hicieron ver y lo comentaron a sus compatriotas.

Mutatis mutandis, en nuestra Venezuela las formas republicanas y federales siempre estuvieron en el discurso, pero difícil fue en la práctica y de allí que la política como experiencia haya a menudo negado la realidad que por el contrario coloreó nuestro devenir entre la gesticulación centralista y el desdén por el acatamiento de las constituciones que en más de dos docenas hemos tenido y por lo general,  salvo aquella de1961, terminaron desconocidas y violadas.

Lo cierto es que la adulteración del marco político jurídico que el Estado ha padecido y sufre actualmente, desde que llegó la generación de la mediocridad, populismo, militarismo, ideologismo, encabezada por Hugo Chávez, ha socavado enteramente la confianza en nuestra institucionalidad y en la normación sobre la que se soporta la misma.

Los que llegaron a transformar al Estado y sanar el país inficionaron de personalismo, soberbia, ineptitud y cual mamelucos sirven y sirvieron a la piara cubana de los Castro que no conformes con arruinar, despersonalizar, escalpar a esa otrora gema más rutilante del Caribe, han logrado y siguen, aplicándose la misma perniciosa receta a la inerme Venezuela que no se ha logrado que su propia gente la defienda suficientemente de sus enemigos exógenos y endógenos que son muchos.

Nuestra problemática no se puede resolver con mecanismos convencionales, nos dicen en la calle. Dictadura no sale con votos, gritan algunos, y me pregunto si una combinación de elementos que la coyuntura asoma no pudiera, sin embargo, producir un golpe de timón histórico.

Seamos francos, la revolución de todos los fracasos no da para más que otros fracasos y ya trajo Venezuela a las coordenadas de la catástrofe, misma que aquella que mencionó el novel comandante y presidente en el momento de su asunción al poder. No saben, no quieren, no pueden responderle a la gente que los mira desde el piso y con la bota militar o el zapato del esbirro en el cuello.

No niego que la carta de la huelga electoral, como la llama mi fratello Freddy Millán Borges, parece inocua y es por el contrario menester ciudadanizar y por ello hay que votar y tal vez con Schumpeter, funcione el natural mecanismo de sustitución de aquellos por otros y sucesivamente, pero en nuestro teatro las elecciones venideras del 21 de noviembre no prometen una actuación del titular de la  soberanía y de acuerdo con la gravísima situación que confrontamos.

El virus que nos postra y amenaza no lo superaremos, sino con una auténtica y genuina decisión del soberano, sobre si desea o no seguir con la gestión del chavomadurismo. Y a eso es que hay que apuntar en México, lo demás es de menor cuantía por decirlo así.

Se habló de salidas a esta tragedia de distinta naturaleza, pero creo, sabemos ya, que no está eso en el plano de lo verosímil. Es un asunto que deberíamos resolver nosotros mismos, pero para eso la comunidad internacional debe ayudar.

Elecciones presidenciales y parlamentarias anticipadas sería una idea que hay que considerar, pero Maduro no es congruente con lo que dice y cambia de opinión frecuentemente, como nos mostró hace poco con el tema de los protectores.

Emerge entonces, aunque sabemos que Maduro corre con ventaja, pero invocar el artículo 72 de la Constitución y que se resuelva legal, constitucional, pacíficamente, electoralmente y democráticamente el impasse. Si Maduro no es revocado concluirá el mandato hasta el 2024 pero si es revocado como estoy francamente convencido, Venezuela recuperaría su soberanía hoy conculcada y se abriría una oportunidad para el país y su pueblo que objetivamente hoy no tiene. Nos estamos muriendo de mengua y de frustración, tristeza, desolación y desarraigo espiritual.

A eso tiene que apuntar México dije antes y esa debe ser la estrategia a la que debe dirigir su participación la comunidad internacional si desean realmente resolver esto y no seguir arrastrando esta situación que nos llena de infortunio, gravámenes e inseguridad en todos los campos y les pesara a ellos, a los vecinos y a occidente mismo si no se resuelve de una vez.

@nchittylaroche

[email protected]

El Nacional

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