Venezolana emprendió vendiendo arepas en las calles de Buenos Aires

Se graduó en Publicidad y Mercadeo, para desempeñarse en grandes compañías como Coca-Cola, Paisa y Digitel en Venezuela. Con 28 años de experiencia y pasando por diferentes cargos, esta venezolana tomó la decisión de emigrar y buscar una mejor calidad de vida que no encontró en su país.

Su nombre es Dayana Viloria, y hace tres años y medio pisó suelo argentino, como la mayoría que emigra, con la incertidumbre del camino que empezaba en esta nueva tierra. “Pasan los años y estar lejos de casa duele mucho”.

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Una cava, 10 arepas y las ganas de salir adelante

A los tres meses de haber llegado, tomó la decisión de emprender. Aunque buscó trabajo incansablemente y se postuló a muchas ofertas en su área, “no tuvo la suerte”. Esto, a su juicio por su edad. “Sí, tengo 45 años, pero siento que la edad es un número y para mí no es limitante para desarrollar mi talento, siento que la experiencia que tengo y el potencial no puede ser limitado por la edad”.

Pero no se rindió, sabía que no podía bajar los brazos y le tocó salir de su zona de confort. Una mañana tomó una cava con 10 arepas y salió a caminar por la avenida Corrientes de Buenos Aires. Al grito de “arepas, arepas, arepas”, llegó a la calle Lavalle donde para su sorpresa, había otros emprendedores venezolanos. 

A partir de ese momento se enfocó en un objetivo: poner todas sus capacidades de ventas y publicidad en su nuevo emprendimiento que llevaría por nombre Daya Arepas. “Si no te gusta no me la pagues, y si te comes una vas a querer dos”, con este slogan se fue ganando el cariño de sus clientes, connacionales pero también de otras nacionalidades, argentinos, peruanos, colombianos, brasileños, entre otros.

Venezolana en Argentina.

Resiliencia traducida en arepas

Empezaba sus jornadas en horas de la tarde, incluso muchas veces pasaba la medianoche y Dayana seguía vendiendo arepas en las calles de la ciudad del tango. Sus arepas de nombres pintorescos como la conocida “Vaina con vaina”, son una explosión de sabor que hacen de su negocio toda una experiencia. Con ese típico ánimo del venezolano, resiliente, echado para adelante y cercano.

Parte de su sazón la heredó de su abuela Cira Matilde y la hacen trasladarse por instantes a todos los momentos de comidas familiares en Caricuao, donde vivía antes de emigrar. Pero no todo el camino ha sido fácil, en sus primeros días recuerda que le decomisaron 30 arepas cuyo dinero iba destinado a pagar el alquiler de la habitación donde vivía. “Me fui llorando tremendamente, pero un gran amigo me salvó la vida ese día para comenzar de nuevo, al día siguiente volví a vender”.

Hoy, no solo vende arepas, también prepara hallacas, tequeños, empanadas, golfeados, sopa, y cualquier receta venezolana que le pidan. La caraqueña siente orgullo y satisfacción de poder llegar a tantos paladares, ser puente entre las familias que están lejos en esas fechas especiales y ser reconocida por la comunidad. 

Su arma secreta: el amor por lo que hace

Al preguntarle cuál era su secreto para cada día seguir creciendo y deleitando con su comida, confesó que la clave ha sido: tener buena actitud, la mejor vibra y un servicio de calidad con los clientes. “Son los valores que me enseñaron mis padres, y eso es humildad”.

Le causa emoción recibir afectos en su paso por las calles, la saludan o dicen su famoso grito de guerra: “Llévateloo”. Sus clientes agradecen que en cada mordisco recuerden a los suyos. “Me dan ganas de llorar, ganas de seguir trabajando por ellos, llenarme más de fuerza y seguir adelante”, agregó emocionada.

Sin duda, el haber salido adelante con su proyecto, lejos de los suyos y puesto a prueba sus capacidades, ha sido un gran reto. “Jamás pensé en tirar la toalla, no me gusta perder siempre veo que las cosas difíciles se presentan para ver el fruto más adelante de todo el esfuerzo. Esa es la satisfacción más grande”.

Venezolana en Argentina.

La pandemia hizo de las suyas, pero ella no paró

Con la llegada de la pandemia, su trabajo se detuvo. Pues una cuarentena radical apenas empezaba y fueron muchos los que quedaron sin empleo. Sin embargo, tomó toda la situación a favor y contribuyó con su comida para que muchas familias no fueran a la cama sin comer.

Fueron muchas las jornadas de alimentos que organizó junto a otros venezolanos, donde sin importar las largas horas o la cantidad de preparación, con la mejor sonrisa debajo del tapabocas fue a entregar casa por casa viandas de comida que la hacían olvidarse por momentos de la situación que atravesaba por las restricciones de la COVID-19.

“Hay que nadar porque si no trabajo no como y no le hago daño a nadie en este país. Hay que seguir luchando, ojalá algún día podamos volver”, dijo con lágrimas en sus ojos.


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