Rocambolesca Bienvenida Por Alejandro Prado Jatar

Luego de un tormentoso trayecto, atribuible a equivocaciones de una conocida empresa de envíos, los libros que fueron editados en Venezuela llegaron a mi casa, en Texas.

Todo este zarandeo comenzó cuando la compañía de traslado exprés desvió por error la carga exportada desde Caracas para ir primero a Kuala Lumpur y, posteriormente, a Hong Kong. En ese puerto medio chino y medio inglés, el paquete con mis libros estuvo en custodia dos semanas para luego ser transportado a Samoa, en donde la aduana de ese país lo detuvo por creer que el autor (dada mis características fisionómicas) era un ciudadano samoense y por lo tanto yo debía pagar los impuestos correspondientes de exportación

Por intermediación de uno de los vicepresidentes de esa empresa de envíos, se aclaró el punto sobre mi nacionalidad venezolana. Acto seguido, la caja fue liberada y los ejemplares tomaron rumbo a Chile.

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En esa nación, el bulto fue detenido por las autoridades de protección ciudadana. Para ellos fue muy ofensivo que un coterráneo de Andrés Bello (Gloria del idioma español y personaje adoptado por los chilenos como su máximo ícono idiomático) hubiese escrito un libro con tantos errores ortográficos.

Una representante de la UNESCO hizo largas negociaciones para ayudar a recobrar la carga. Concluido el proceso de tramitación, el paquete chileno -originalmente venezolano-, fue a parar a Río de Janeiro, en donde nuevamente fue detenido.

Creyendo que los libros dentro de esa caja tenían la intención de vacilar a los brasileños, el Ministerio de la Cultura de ese país ordenó a los agentes de aduana inmovilizar la carga, ya que en esos ejemplares se observaban muchos vocablos de un castellano deformado, como si se estuviera imitando a alguien que conversa en portugués.

El rector de la Universidad Complutense de Madrid se comunicó con el Ministro de Cultura de Brasil para tratar de resolver la detención. El catedrático pudo controlar la ira del jefe de esa instancia y le aseguró que el propósito de ese libro NO ERA una trapisonda en contra del bello idioma portugués. De hecho, el rector especificó que “tan solo se debía a una confusión porque el autor de esos ejemplares era un disléxico irresponsable e insensato que no se le ocurrió otra brillante idea sino la de escribir ese pedazo de experimento literario, el cual ha puesto en jaque las buenas relaciones entre los hispano y luso parlantes”.

Luego de asegurarle al ministro carioca que las selecciones de fútbol de España, Venezuela, Argentina y Uruguay iban a permitirle al equipo de Brasil ganar algunos juegos en las próximas contiendas mundiales, finalmente la carga pudo salir de Río de Janeiro con destino a Surinam.

En esa nación tropical, la bendita caja la volvieron a detener porque dentro de la misma se introdujo una gigantesca serpiente venenosa que se había colado al avión durante el tiempo que la aeronave estuvo estacionada en el hangar de cargas transitorias del Aeropuerto Internacional de Paramaribo.

Buscaron a un herpetólogo en Colombia para desalojar a la culebra, la cual había escogido a ese empaque para guarescerse del calor. Removido el reptil con la ayuda del herpetólogo y junto con la colaboración de un grupo especial de comandos antiterroristas traído desde Puerto Rico, el bulto (sin la serpiente) salió con destino a Texas.

Al llegar a los Estados Unidos, la caja fue revisada nuevamente y observaron que la gigantesca culebra había depositado varias docenas de huevos que eclosionaron dentro del paquete durante el transcurso del viaje. Al final, había más serpientes que libros en ese bulto.

La sociedad protectora de animales de Texas (SPAT), pidió a las autoridades aduaneras que SPAT debía encargarse de la caja para así garantizar la salud y sobrevivencia de las culebras recién nacidas, hasta que las mismas alcanzasen la mayoría de edad.

Fue establecido un área de cuarentena en el Aeropuerto Internacional George Bush de Houston. En paralelo, se construyeron barricadas en un perímetro de seis millas para que nadie pudiese tener acceso al sitio donde se encontraban las víboras. Los servicios que usualmente se realizaban dentro de ese perímetro se trasladaron a otros aeropuertos alternos.

Varios meses después, cinco veterinarios y ocho ecólogos se unieron al grupo SPAT para llevar a las serpientes a Sudamérica, usando la caja de libros como nicho de contención y, posteriormente, poder entregar el bulto al padre de esos ejemplares. Es decir que mi paquete debía ir otra vez a Surinam y luego regresar a Texas, rogando que no volviera a meterse otra culebra embarazada.

Antes de entregar la caja al receptor, la SPAT le exigió a la empresa de envíos cubrir los gastos de viaje, alimentación y alojamientos, tanto de las serpientes, como también del personal chaperón.

Finalmente, estando en conocimiento de que esos retrasos, confusiones y eventos ocurren con mucha frecuencia, creo que tengo ahora motivos suficientes para al menos decir:…

—Bienvenida a casa. Vamos a ver qué pasa con la próxima caja.

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