El tiempo corre… A afinar el objetivo Por Pedro Arcila

Las reflexiones sobre la realidad política y social que vive la nación venezolana, requiere de apreciación objetiva, ecuánime y desprendida de prejuicios. Hasta hace unos años y a pesar de la crisis económica compleja que aqueja a la población, los venezolanos se ubicaban entre los primeros puestos de personas felices sobre otras nacionalidades. Tal interpretación subjetiva de satisfacción, revelaba tres aspectos de la conducta expresada en despreocupación crasa, y desinterés evidente por el camino que vislumbraba en el devenir político y sociocultural que se estaba imponiendo; como segundo elemento un conformismo enfermizo que engloba a todos los estratos de la población y en tercer término una ingente desvaloración moral que conduce a una rebatiña por minúsculas dádivas implementadas por los gobernantes de turno.

El sentido dicharachero del venezolano hace confundir la desgracia con la resignación; y en muchas oportunidades imprimir humor a un hecho deleznable por aquello “reír para no llorar”, contiene una carga de frustraciones escondidas que paulatinamente se van somatizando hasta convertirse en verdaderas enfermedades físicas y mentales en el individuo. El eslogan “vivir viviendo” oficializado por el régimen se traduce en sobrevivir a cualquier costo; dejar de lado todo proyecto de envergadura y prospección futurista, para satisfacer necesidades básicas en medio de un panorama de contrastes entre la opulencia de algunos y la precariedad de la mayoría.

Sin intención de convertirse en cronista de las desgracias en una nación que naufraga, las opciones y el panorama se muestran opacos cuando la dirigencia política parece no entender la hora aciaga que se ciñe sobre nuestra república, evidenciando un comportamiento poco serio y lleno de banalidad en una carrera desenfrenada por figurar en los medios, u obtener precarios beneficios económicos en nombre de candidaturas sin proyectos, sin objetivos o propósitos definidos.

La Venezuela de hoy no cuenta con sistema democrático robusto, las instituciones alienadas a una cofradía que ejerce el poder, no dan garantía de transparencia en el juego que implica la competencia por la gobernanza; sin embargo, tal situación parece no importar a muchas “organizaciones” con fines políticos que cada día suman más payasos al circo de un sueño electoral. El carnaval grotesco que se alimenta en las redes nos hace remontar a 1.988 donde había candidaturas para todos los gustos: desde un personaje que se proponía para conformar un gabinete conformado por espíritus, hasta otro visionario cuya propuesta era “la democracia basada en el sexo”. Las consecuencias de entonces, se hicieron visibles en 1.989, 1.992 y se consolidó en 1.998 con un viraje macabro donde no vislumbra un puerto seguro.

La sensación entonces de mejoría que cree en la nación, parece un síntoma de recuperación pre-morten en las enfermedades terminales; por tanto requiere del consenso entre las mejores mentes y pensamientos constructores para definir una ruta de acción, un camino resguardado contra las sorpresas y emboscadas propias de quienes no juegan limpio, y de esa manera, seguro el grueso de la población no solo creerá en las buenas intenciones, sino que construirá un puente inexorable hacia el logro del objetivo final que no es otro que la recuperación de la república y con ello el estado de derecho y la calidad de vida de los ciudadanos.

Ojalá la mesura y la coherencia prevalezcan en la dirigencia “feliz” y festiva, construyendo los ánimos para asumir la cruda realidad actual, sólo así tendremos esperanza de rescatar una república enferma y maltrecha que invite a soñar a las nuevas generaciones; conmine a formarse y educarse no para obtener un título devaluado, sino con herramientas para el ejercicio de una ciudadanía robusta y saludable, sumado a la voluntad de muchos de quienes se marcharon a regresar con sus experiencia de otras latitudes a contribuir con el país. El balón está en el terreno de la dirigencia democrática, es tiempo de decidir y se sincroniza la jugada o se entrega por soberbia al contrario. El reloj sigue corriendo, no puede haber distracciones sobre el objetivo.

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