Francisco Bello: El objetivo del gobierno

Fuente: La Patilla

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Todos los actores y grupos internos que conforman el gobierno, aunque tienen intereses distintos y en algunos casos hasta reñidos, coinciden en un solo propósito que unifica todas sus acciones: Ganar tiempo.

Juegan de manera magistral con todas las fichas y todos los actores que tienen sobre la mesa, porque si bien es cierto que tenemos que reprochar e incluso condenar su forma de gobernar, no podemos negar que mediante el manejo sucio de la política, nos han sacado una morena. Son, sin duda alguna, unos magos del engaño y la manipulación.

Han logrado calmar las aguas cuando se sienten ahogados y también agitarlas cuando necesitan distraer la atención de un hecho que los fulmina; han sabido desvirtuar amenazas y también responderlas con la contundencia perfecta para mostrarse fuertes pero sin pasar los límites que les traería consecuencias devastadoras. Han sabido estirar la liga sin que esta se rompa, se muestran dispuestos a negociar pero en términos imposibles de aceptar; solicitan un diálogo y juran nunca abandonarlo, luego se paran de la mesa para de nuevo solicitarlo. Aparentan un cambio de actitud, ofrecen flexibilizar posiciones e inmediatamente arremeten contra emblemas de la oposición subiéndole el tono a la discusión para hacerla inviable.

Como un desahogo, que no tiene la pretensión ni la capacidad de influir en las cosas que ocurren, me atrevo a sugerir que nos ha faltado delimitar el objetivo central de las acciones del gobierno, identificar qué persiguen y de qué manera actúan para lograrlo y en ese contexto basar nuestra estrategia, sin embargo, esto no significa, ni mucho menos, abandonar nuestra capacidad de reacción a lo cotidiano. Me explico: Si analizamos cada uno de sus actos por separado, si olvidamos los resultados que hemos obtenido en 20 años de lucha y actuamos en base a lo que acaba de suceder, si solo vemos el árbol y no el bosque, entonces estaremos cayendo en su juego, conseguiremos cada día razones para dar algún crédito a sus promesas, para bajar la guardia y sentarnos de nuevo a tratar de buscar puntos de encuentro con quien actúa para evitarlos. Por otra parte, si no reaccionamos a los ataques que merecen una respuesta impostergable, ganarán terreno y repetirán la acción mientras se lo permitamos, como ha venido ocurriendo con la persecución a los diputados que nos ha hecho perder 34 curules en la AN.

Un ejemplo de lo que intento exponer, es que desde hace años tienen clara conciencia y además no lo esconden, que cualquier elección medianamente justa la perderían por paliza. Partiendo de esa premisa han hecho del CNE, de Tibisay y todo lo que ella significa como herramienta abstencionista, del sistema electoral automatizado con sus respectivos mecanismos de transmisión y salas de totalización, del REP y por supuesto, de las posibilidades inciertas de participación de la diáspora, puntos de honor en los que no cederán pero que utilizan como temas de discusión en los que se pierden (y ellos ganan) horas, días, meses y años. Yo lo viví en carne propia durante mi participación en el comité de postulaciones electorales del 2002, cuando comencé con la ingenua pretensión de que mis esfuerzos podían ayudar a conseguir un CNE justo o al menos más equitativo…

Cualquier negociación es factible si quienes participan en ella tienen algún objetivo común: La venta de un carro, el alquiler de una casa, la contratación de un servicio, etc. Un fin que ambas partes quieran conseguir, aunque cada una de ellas intente sacar el mayor provecho. En las conversaciones con el gobierno, eso no existe. No hay un fin, ni un objetivo en que ambas partes coinciden, porque el régimen no está interesado en conseguir una salida, por el contrario, en cerrar todas las puertas para que exista; no tiene interés en unas elecciones justas, sino en que estas no ocurran jamás. Por otra parte, han ido golpeando, con acciones inconfesables, el asunto de sus finanzas personales y han utilizado el oro como caja chica para el reducido funcionamiento de los gobiernos regionales y locales, por lo que el levantamiento de las sanciones no es algo que los apremie lo suficiente como para cambiar lo que han hecho hasta ahora y les ha funcionado, como tampoco el sufrimiento de la gente, porque han demostrado suficientemente su indolencia y egoísmo en las dos décadas que han gobernado.

Quiero insistir: Es absolutamente inoficioso concentrarnos en nuestros anhelos si olvidamos la naturaleza del régimen: Su capacidad para el engaño, el fraude, las falsas apariencias y si además no tomamos en cuenta que el único objetivo que los unifica y los hace actuar de manera coordinada es la búsqueda de tiempo.

Frente a esta realidad, me atrevo a afirmar que nuestra estrategia debe ser la urgencia y nuestra táctica, la respuesta contundente a las dilaciones.

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