“Yo maté a mi padre”

A los 16 años, Héctor tomó una decisión que cambiaría su vida para siempre: apuñaló en el corazón a su progenitor, quien en ese momento asfixiaba a su madre. La justicia acreditó que fue en legítima defensa. “La vida nos cambió para bien”, reflexiona.


Para una persona que creció rodeada de violencia es difícil encontrar un punto de partida para relatar su historia familiar. Así lo siente Héctor (18), cuyo verdadero nombre prefiere mantener en el anonimato. Para que pudiera visualizar el primer maltrato de su padre en contra de su madre, M., Héctor necesitaría alcanzar el fondo de su memoria, recuperar los recuerdos de sus primeras horas de vida.

Autor: Sebastián Vedoya M . La Tercera 

Le dedica varios segundos, en vano, a la tarea, pero prefiere revivir otro que considera más significativo. Porque hasta para él, un niño acostumbrado a la violencia, hubo un día en que el maltrato superó todo límite.

“No olvido cuando mis papás se separaron. Yo tenía como 13 años. Un día, él nos fue a entregar plata. Llegó en el auto. Nunca entró a vernos. Con mi mamá se pusieron a pelear afuera de la casa. Él le pegó una patada en la cara. La dejó en el suelo y se fue. Con mi hermano lo vimos todo desde la ventana. Yo no podía hacer nada, pese a que sentí mucha rabia. Nunca le perdoné lo que hizo ese día”, dice Héctor.

El “Zurdo” (36), como era conocido su padre, era un hombre corpulento, que medía cerca de 1,90 m. Usaba el pelo largo y su rostro estaba marcado con cicatrices que atestiguaban varias peleas y su paso por la cárcel. Siempre terminaba enredado en disputas por droga y poder. Para los vecinos, era común verlo enfrentarse a carabineros, quienes debían acudir de a tres o cuatro para lograr reducirlo.

La familia no se salvaba de la violencia. Su casa en Independencia era el punto de reunión del “Zurdo” con sus amigos. El consumo de cocaína, marihuana y alcohol era algo cotidiano, estuviera solo o acompañado. Siempre portaba un arma. Según Héctor, era común comer con la pistola en la mesa. “Era tan normal como ver el salero”, dice.

A los 14 años, Héctor no aguantó más las golpizas contra su mamá. Fue la primera vez que se enfrentó al “Zurdo”. Recuerda que le tiró el pelo, mientras él le lanzaba puñetazos. Tras unos segundos, arrancó por el techo de la casa. Se fue a vivir con una tía durante dos semanas. Si se quedaba, dice, su papá habría sido capaz de pegarle con un bate.

¿Cómo fuiste criado por tu papá?

Mi papá desde niño me inculcó que si alguien me golpeaba, yo tenía que golpear más fuerte. A los ocho años me llevó a clases de full contact. De esa forma me gané el respeto y el miedo que debía provocar. Envié a varias personas al hospital, a mí no me importaba. Pese a la rabia que sentía en contra de él por cómo trataba a mi mamá, teníamos una complicidad con la violencia. De la puerta para adentro ni hablábamos; de la puerta hacia afuera éramos uno.

¿Por qué causa se unían?

Él delinquía y tenía problemas con el poder. Era muy grande. Lo miraban feo y tenía problemas. Tuvimos que poner una puerta blindada. Todos los fines de semana le disparaban a la casa. Él tenía una pistola y a los 12 años me regaló otra. Mi pieza estaba atrás, así que mi mamá con mi hermano se iban para allá. Y como la de mi hermano era la primera, con mi papá nos quedábamos ahí. Escuchábamos el sonido de una moto o un auto y nos preparábamos para disparar.

¿Tu papá te obligó a asumir ese rol?

Como hijo mayor tenía que defender la casa y defenderlo a él. A los 12 años me empecé a involucrar en sus asuntos. A él le gustaba que yo fuera así y yo no le tomaba el peso a nada. En la calle siempre tenía que andar armado. Tengo dos manos, pero andaba con cuatro cuchillos.

***

En su declaración judicial, M. recordó aquel día de la siguiente manera: “El 14 de septiembre de 2016, a Héctor le tocaba bailar en su colegio por Fiestas Patrias. Yo iba a verlo. Luego de plancharle la ropa me fui a duchar. En eso mi esposo entró al baño. Me empezó a zamarrear fuerte del sostén. ‘Dame plata’, me decía. Yo le respondí que no. Él llevaba tres días lanzado, sin dormir. Le pedí que se acostara, que durmiera. Pero él seguía insistiendo. Le dije que me soltara, que me dolía. Me tomó del cuello muy fuerte. Ahí lo miro y bajo los brazos. ‘Hazlo, estoy cansada de todo esto’, le dije. Me costaba respirar”.

“En eso entró Héctor: ‘Papá, suelta a mi mamá’, le dijo, y luego le gritó que por favor lo hiciera. Ahí él giró y le respondió: ‘Qué te metís vo guacho conchetumadre, ¿me vai a pegar?, ¿me vai a hacer algo?’. Y empezó a darle pechazos. (El “Zurdo”) giró nuevamente para ahorcarme, con más fuerza esta vez. Entonces, Héctor le gritó de nuevo que me soltara. Pero otra vez le respondió a insultos. La pared del baño no me permitía ver bien a mi hijo. Solo vi que tenía su mano en el bolsillo. Cuando su padre giró nuevamente hacia él, sentí cuando Héctor lo atacó con la mano izquierda. Ahí mi esposo se da vuelta y me mira. Tenía sangre. Primero mi hijo quedó paralizado, pero luego salió arrancando. Él quedó tendido. Ahí salí a pedir socorro. Un vecino me ayudó a llevarlo al hospital. Pero llegamos y nos dijeron que ya estaba muerto”.

Según la autopsia realizada en el Servicio Médico Legal (SML), Héctor le propinó cuatro heridas cortopunzantes a su padre, una de ellas en el brazo derecho y otra, la más importante, en el pecho. Esa herida se extendía hasta la cavidad torácica y alcanzaba el corazón. El “Zurdo” perdió casi dos litros de sangre a causa de las heridas.

Héctor tenía apenas 16 años cuando respondió a la violencia de su padre con un cortaplumas que él mismo le había regalado algunos años antes. Aún tiene recuerdos nítidos de lo que pasó después del incidente.

“Solo sé que sentí rabia de todos los años que hubo violencia. Salí corriendo y salté la muralla de atrás. Mata a alguien y vas a saber qué sentí yo: miedo, rabia. Creí que le había pegado en el brazo. En cualquier otra parte, pero menos en el pecho. Mi primo me siguió. Llegamos a una plaza. Yo no podía parar de llorar. Me pasaron miles de cosas por la cabeza. Tenía sangre en la ropa, la gente me miraba. Cavé al lado de un árbol y enterré el cortaplumas. Me lo había regalado él. Después me fui a Lampa, donde un amigo. Estábamos con su mamá en el comedor de su casa cuando la llamaron y le dijeron que mi papá había muerto. Decidió no contarme de golpe. Primero me sentó y luego me dijo que lamentablemente mi papá ya no estaba con nosotros, que había muerto. No sabía si correr, saltar, robar algo para dejarle plata a mi mamá o matarme”.

Tras entregarse a la PDI, Héctor regresó a su casa dos días después, justo en el momento en que los restos del “Zurdo” eran velados en la casa del lado. Recuerda que unas personas lo miraron con odio. Otras se acercaron a abrazarlo. Él entró en su casa y no volvió a salir.

***

Héctor permaneció un año con arresto domiciliario nocturno. El 21 de octubre de 2017 recibió el veredicto de la justicia, tras dos días de juicio. La defensora pública María Fernanda Aguilera intentó acreditar que el joven no había cometido parricidio, sino que había actuado en legítima defensa de su madre. Para la fiscalía no existían pruebas suficientes que corroboraran la agresión en contra de la mujer. También puso en duda la violencia con que actuaba el “Zurdo”. Con ambas posiciones presentadas, el destino de Héctor quedó en manos de los jueces.

“Ellos empezaron a hablar en términos judiciales que yo no entendía. Estaba muy nervioso. Tenía ganas de salir corriendo, irme de ahí. En un segundo terminó de hablar la jueza y no entendí el resultado. En ese momento mi abogada me mira y dice: ‘Quedaste absuelto, fue legítima defensa’. Me puse a llorar sin parar. Hasta la jueza se puso a llorar”, dice Héctor.

A tres años de la muerte de tu papá, ¿qué cambió?

Yo maté a mi padre. Si no hacía eso con él, lo hacía él con mi mamá. Eso hubiera sido mucho más doloroso. Pese a todo, nos cambió la vida para bien. Dejé de mandarme embarradas y cambié mi forma de hablar y vestir. Lo mejor de todo, ya no hay discusiones ni peleas en la casa.

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